Árboles que se suicidan de pie

Alma Delia Murillo

Alma Delia Murillo

No creo en Dios porque nunca lo vi.
Pero si Dios es las flores y los árboles
y los montes y el sol y el luar,
entonces creo en él
—Fernando Pessoa

En una ciudad hostil y reseca, cada árbol es un remanso, un regalo, un sentirse menos miserable caminando entre sus calles.

Así como el ojo no sabe que es ojo hasta que le ponen delante un espejo, la identidad no sabe que es identidad hasta que alguien le mutila un elemento.

En mi calle hay un camellón con árboles mezclados de la forma más inverosímil: palmeras, jacarandas y enormes eucaliptos que, ya se sabe, parecen ser más una plaga que una cosa buena en la Ciudad de México.

Pero más allá de la falta de planeación en las arborizaciones urbanas, la equivocada selección de especies o su plantación inadecuada, es raro mirar por la ventana y notar que falta ese eucalipto en el paisaje, era un gigante hermoso, estoico, que parecía representar dignamente a una dinastía de guardianes.

Unos cuarenta años y alrededor de 15 metros de altura tendría el guardián que desprendió sus raíces y cayó con un crujido—me dijo un testigo amoroso—, la semana pasada.

Así que cuando regresé de una larga sesión de trabajo, ahí estaba, sobre la tierra, en una dramática posición horizontal.

No fue una tarde de fuertes ventarrones y tampoco lo talaron, no. El titán decidió caer, mi instinto fabulador me hizo notar de inmediato un gesto de caballerosidad entrañable: no cayó hacia el lado de la calle poblado de viviendas y tampoco se desplomó sobre el camellón donde caminan los peatones, cayó causando el menor daño posible, sobre la tierra que estaba sembrado y aplastando un poco un par de bicicletas de “Ecobici” y el borde metálico sobre el que se aseguran pero nada más.

Por el daño ambiental que han hecho a la ciudad, dicen los que saben que el eucalipto es un árbol maldito, yo creo que a la mejor este señor colosal del que yo hablo, lo era pero de otra forma, más literaria (perdónenme la predisposición a la fantasía), más a lo noir, quizá su alma tenía un tono oscuro de misterio que, me gusta pensar, le hizo suicidarse.

No hubo violencia ni agresión, sólo entereza. Hasta el último minuto. Pero luego, claro, los humanos. Vinieron a desmembrarlo y entonces sí, un violento happening; me acerqué a tocarlo con la palma de mi mano izquierda y pude sentir su humedad, casi sus últimos latidos. Savia roja, sangre de dragón.

Será porque conforme me hago vieja me convenzo de que en más casos de los que nos gustaría aceptar, el suicidio es una salida digna y honorable o porque, como ya sabemos, estoy loca; pero imaginé que ese gigantón de piel rugosa se había suicidado y que con ello ganaba, que era libre en el contexto de algún ritual arbóreo que a nosotros no nos es dado comprender.

“La única cuestión filosófica seria que existe es el suicidio” pienso en Camus ahora que paso y aún percibo el increíble aroma que ha perdurado días y días.

Era muy niña la primera vez que pensé esta frase y con los años no ha hecho sino volverse más profunda, más nítida, más poderosa: yo de grande quiero ser un árbol.

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