El arte de enojarse en coro

Alma Delia Murillo

Alma Delia Murillo

Mi vecina de cama me despertó temprano, iríamos al ataque sobre el armario de Karina. La odiábamos. A sus doce años tenía formas de mujer y, sobre todo, unos senos bellísimos y bien desarrollados.

Nos habíamos puesto de acuerdo para robarle el único sostén que tenía, queríamos que eso que la hacía tan atractiva para los destartalados ejemplares masculinos que suspiraban por ella en el salón de clase, se volviera su vergüenza.

Estábamos enojadas quienes con los mismos doce o trece años todavía éramos planas como tablas, flacas y con piernas de carrizo.

Nuestro enojo escondía un miedo poderoso. El miedo al rechazo, a no ser elegidas, a que ella nos desplazara.

No era muy lista Karina. Era más bien descuidada, olvidadiza y casi daba la impresión de que le faltaba un tornillo en el engranaje de la sesera.

Podíamos engañarla fácilmente, excluirla de un montón de actividades y de vínculos con esos sesgos perversos que manifestamos en la adolescencia.

Queríamos que nadie la quisiera y con nuestra conducta no hacíamos más que ponerla en un reflector, ayudarla a destacar más: siempre aislada, callada o jugando sola, con ese cuerpo deseado por tantos y tantas y con esas tetas perfectas, Karina era un haz de luz sobre sí misma.

Mientras ella se duchaba, fuimos en trupé a su armario, una compañera y yo —animadas por todas las demás, sacamos el corpiño que era color beige y de una tela suave, adulta. Lo escondimos abajo del colchón de la propia Karina seguras de que era tan tonta que nunca iba a encontrarlo.

Se pasó los siguientes tres días en clase con el suéter abotonado hasta el cuello y los brazos cruzados, protegiéndose, con las mejillas enrojecidas y los ojos entornados hacia la pared.

Sólo dos habíamos cometido el crimen pero nadie rajó porque todas lo habíamos disfrutado, el miedo que teníamos de ser feas comparadas con Karina nos hermanaba. El miedo puede ser un gran pegamento social.

Una tarde, en la clase de taquimecanografía, Karina se sentó junto a mí, la maestra —inolvidable terrorista de zapatos horribles— anunció que haría un examen sorpresa, quien no llevara ese jodido recuadrito de tela llamado cubreteclados no podría presentarlo y perdería puntos. (¿No les hace gracia recordar que hubo un tiempo en que una calificación en una boleta significaba tanto?), pues he aquí que yo no llevaba cubreteclado.

Karina me vio remover el interior de mi mochila con desesperación y me alcanzó un cubreteclados, ella traía otro, su madre era costurera y le había hecho media docena con retazos de las telas que le quedaban de sus encargos.

Al terminar le devolví a Karina su pedacito de franela y le di las gracias, ella me sonrió tímida. Se me encogió el corazón.

Cuando subimos a los dormitorios tenía toda la intención de devolverle el corpiño o, al menos, sacarlo de abajo del colchón y que apareciera milagrosamente entre sus cosas pero me aterraba saber que, si para esconderlo había contado con la aprobación de todas, para devolverlo no tendría cómplice.

Frecuentemente leo sobre el experimento de las Líneas de Conformidad de Solomon Asch que comprueban el poder de la presión social y como tendemos a la conformidad en grupo (daremos la respuesta equivocada si es lo que la mayoría pide aunque sepamos que es errónea con tal de no ser rechazados). Me fascina y me repele nuestra conducta colectiva, la inmensa necesidad que tenemos de sobrevivir en la trinchera de ser iguales a los demás.

Pienso en el bullyng en todas sus formas, en los públicos que aplaudían rabiosos ante los castigos de la Santa Inquisición.

Del modo más rastrero y poco honroso me apresuré a sacar el corpiño antes de que entraran las demás, lo dejé entre la almohada y la colcha de su cama para que ella pudiera encontrarlo y nadie más lo notara.

Pienso en Twitter y las reacciones de linchamiento en masa cuando son derivadas por falta de entendimiento, hemos visto muchas. Pienso en los mensajes directos que se reciben cuando una mayoría ofendida agrede y una o dos personas vienen a declarar, en privado, que ellas están de acuerdo contigo y que les apenan los insultos que estás recibiendo pero no se atreven a hacerlo abiertamente.

¿Por qué necesitamos demostrar que estamos con la indignación de la mayoría? ¿Por qué resulta tan irresistible sumarnos a la agresión colectiva contra otro?

La violencia tiene que ver con el miedo, ¿a qué le tenemos tanto miedo?

Esta es la única respuesta que se me ocurre: a mirarnos a nosotros mismos.

Luego del desayuno, andando al salón, Karina se puso junto a mí y me dijo “gracias”.

Hay muchos caminos para conocer nuestra miseria, sumarse a un ataque colectivo es, por desgracia, uno de los más socorridos y en el que casi todos tenemos experiencia. Nada más peligroso que la individualidad.

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