Recordatorio para momentos difíciles

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Por José Falconi

 

Bhakti Sundar Goswami y José Falconi

 

Noche cerrada. Un hombre, en cuclillas, busca afanoso y reconcentrado en la esquina de una acera alumbrada por un farol. Pasa una persona y se ofrece a ayudarlo. ¿Qué buscamos?, le pregunta. Una llave, responde el interrogado. ¿Se le cayó aquí?, insiste la otra persona. No, se me cayó allá, responde el hombre señalando la contra esquina que está sumida en la oscuridad. No hay farol que la ilumine. ¿Por qué buscamos aquí?, pregunta azorada la persona que se acomidió a ayudarla. Porque aquí hay luz, responde como si nada el buscador.

Esta anécdota o chiste de linaje sufí y de aparente absurdidad tiene un sentido (o encierra una sabiduría) no manifestada en las palabras enunciadas. Hay que realizar un esfuerzo de interpretación para hallar su verdad implícita: debemos buscar donde hay luz y no en la oscuridad de un mundo enajenado por la ilusión de la materia burda que puede llevarnos a confundir una cuerda con una serpiente o la pata de un elefante con una columna, tal y como se narra en los Upanishads.

Y el buscador de nuestra historia, indagando donde hay luz, tal vez encuentre algo más valioso que esa llave material que lo vincula con esta vida que, bien mirado, no tiene mayor sustancia que un sueño o una pompa de jabón que asciende, revolotea un momento y termina por explotar. Todo lo sólido se desvanece en el aire, frase contundente, de hondo patetismo, que podemos leer no en el Bhagavad Gita, sino, quién lo diría, en el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels.

Pero la vida material, condicionada, en este barrio cósmico llamado planeta tierra, como dice en su plaquette de poemas y relatos, intitulada Recordatorio para momentos difíciles, Su Santidad Bhakti Sundar Goswami·, viviéndola como la vivimos, como entidades biológicas altamente especializadas, es decir, con un aparato perceptual y síquico que nos permite darnos cuenta de que nos damos cuenta, es una oportunidad de oro para, desde nuestra condición humana, percatarnos que la conciencia no es un epifenómeno de la materia; es un don del alma, del continuo mental, dirían los budistas, que habita nuestro cuerpo corruptible, este amasijo de carne, huesos, sangre y demás monsergas, y que el alma puede tomar el control de la mente y del cuerpo para no seguir siendo víctimas de la ilusión y la ignorancia que nos hacen creer que en la vida se pierde o se gana, cuando de lo que se trata o debiera de tratarse es de abrir los ojos a la realidad trascendental de que en la montaña sagrada de Govardhana nos espera el Gran Gozador, la Suprema Personalidad de Dios.

Así de fácil.

Así de sencillo.

Sundar Goswami nos dice en uno de sus más precisos y eficaces poemas, “Canción del mundo material”: estamos presos dentro de las cubiertas del universo, y esta sensación de encarcelamiento se debe a que acosados por tantos deseos, corremos de aquí para allá, creyendo que encontraremos la ansiada felicidad, pero, como dice el tango Desencanto de Enrique Santos Discépolo: ¡Qué desencanto más hondo, / qué desencanto brutal! / ¡Qué ganas de echarse en el suelo / y ponerse a llorar!

Y esto nos sucede porque como nos lo advirtió José José, el amor (mundano) acaba hasta la belleza cansa. Es decir, pretendemos encontrar la fuente de nuestra felicidad en aquello que está signado por la no-permanencia, que está al servicio de la tiranía del deseo y que se convierte en raíz del dolor cuando deja de responder a nuestras mal fundadas expectativas y a nuestra visión perturbada de la realidad.

Es nuestro ego, mejor aún, nuestra egomanía simbolizada por un cerdo insaciable que devora con ansiedad perdiéndose cada vez más en el delirio de creer que las cosas del mundo material están hechas, exprofeso, para su satisfacción inmediata y efervescente.

Ese ser perturbado, cae en confusión, ansiedad, angustia, incertidumbre y desesperación, en compulsiones negativas de infelicidad y la vida se le vuelve un mar de estío, un desencanto cósmico, un, hipócrita lector, tedio baudeleriano. Estamos en el infierno, a veces sutil, de  samskâra duhkhatâ, la insatisfacción general por existir sintiendo que nos perderemos en la nada.

El antídoto para colmar esa incertidumbre, esa sensación de vacío, mi maestro, el poeta Bhakti Sundar Goswami nos lo ofrece en su poema “Éxtasis”: Es dulce / como el zumo de caña de azúcar. / Y a la vez tan caliente / que la lengua quema. / No se puede dejar de tomar: /es el néctar de la inmortalidad. 

El éxtasis, esa experiencia inefable, ese impulso que dignifica al hombre, que lo engrandece y lo lanza hacia lo alto, es intransferible. Es una sensación de plenitud, el sentimiento oceánico del que hablara Sigmund Freud, y que hizo tartamudear al poeta místico por antonomasia, san Juan de la Cruz, quien escribiera la más afortunada y famosa cacofonía o disonancia de la lírica española: Y déjame muriendo / un no se qué que quedan balbuciendo.

Nada se asemeja a la experiencia extática. El éxtasis es la salida de nuestra condición contingente, finita, atrapada en los linderos de la forma habitual de percibir la realidad, y que no nos permite atender al llamado de nuestro héroe interior que a través del silencio o del cántico del mahamantra (Hare Krishna) nos hace ascender al mundo espiritual.

En su ejercitarse como poeta devocional, como bahkta, Sundar Goswami, se refiere no solo al éxtasis, sino a la búsqueda del mismo como el resplandor cohibido que en lo material no encuentra lo buscado, pues lo buscado quizá sea la llave de una puerta que da paso a lo trascendental.

Inmerso en la tradición de la literatura mística, nuestro bahkta hace uso del símbolo del ave, en su caso del águila, para elevarse al cielo y disolverse entre la luz purísima de la puesta de sol, “toda ciencia trascendiendo”. Para emprender ese vuelo espiritual es necesario tener la casa sosegada; es decir, la mente en calma, ecuánime con todos pues, como se señala en el epígrafe de Prahlada Maharaja, con el que se abre este breve pero intenso libro: el único enemigo es la mente cuando está desviada y fuera de control.

Para que la rosa enigmática del corazón humano hierva en la infusión divina, para dejar de ser aves de paso, terriblemente dependientes de este mundo material y sus engaños, para ser una gota de la música oceánica -como pide la poeta Margarita Michelena en su bello texto intitulado “La desterrada”- es necesario morir a la ignorancia y vivir para el alma eterna.

 

 Recordatorio para momentos difíciles, Bhakti Sundar Goswami. Ediciones Mixcóatl, México, 2018, 27 pp

 

 • Bhakti Sundar Goswami: nació en Alepo, Siria, en 1951. Es uno de los más destacados místicos de la actualidad.

One Response to "Recordatorio para momentos difíciles"

  1. Ramón  7 octubre, 2018 at 10:17 am

    EXCELENTE TEXTO CAUTIVADOR PARA ENCONTRARSE A SI MISMO, EN UNA BÚSQUEDA INFINITA Y EN UN ENCUENTRO CONSIGO MISMO, EL YO, EL SER Y MI EGO. INSPIRADOR Y TRASCENDENTAL.

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