De la noche larga al soleado amanecer

Imagen tomada de la página: BBC.com

Aldo Fulcanelli

Del totalitarismo a la reivindicación

La desconfianza de los ciudadanos en las instituciones adquirió la forma de un voto masivo que este pasado dos de julio, llevó a Andrés Manuel López Obrador-después de una dura lucha contra el régimen que admitió treinta años de resistencia- finalmente a ascender al poder.

Esta sería según el análisis, un triunfo indiscutible por el tamaño de la votación que permitió a MORENA hacerse con la mayoría de las gubernaturas en contienda, lo anterior sin dejar de mencionar la mayoría en el Congreso, amén de la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. Los ciudadanos con su voto expresaron un NO  rotundo a la continuidad de una democracia corporativa, favorecida únicamente, ya, por el aval de  una impenetrable cúpula de favoritos reconocidos por su notable alergia a la competencia en los negocios, y la ausencia deliberada de sensibilidad social.

La misma cúpula que evadió impuestos, estableció acuerdos financieros sin respetar proceso alguno de legitimación, y ha recargado su poder omnímodo en la multiplicación de monopolios, hoy deberá asimilar el triunfo de AMLO, ese adversario al que con su falaz e inagotable campaña de odio, ellos mismos intentaron atribuir la categoría de “enemigo público número uno”; con resultado final adverso.

El encono social que hoy lleva a López Obrador directo a Palacio Nacional, es el mismo que en el 88 fue ahogado por las manos del sistema, el mismo sistema político que ya desde entonces, se disponía a inaugurar la partidocracia mediante las alianzas contaminadas por el tufo-pestilente- de las concertacesiones. Carlos Salinas de Gortari dinamitó la democracia estableciendo un régimen de corte imperial, basado en un férreo control de las estructuras sindicales y los sectores empresariales a quienes concesionó el país, convirtiendo además a la educación en un jugoso negocio en manos de especuladores, a los que únicamente interesó engrosar la matricula a favor de sus bolsillos.

En su mente calculadora, Salinas ideó a los partidos políticos llamados “satélite”, otorgándoles registro a organizaciones políticas que con los años, se convertirían en la sombra de la democracia. Gracias a la brillante estrategia salinista,  durante mucho tiempo se concibió la idea-estúpida-, de que la proliferación de esos mismos partidos, era una señal inequívoca de sana democracia, ya vimos que no fue así, los partidos políticos dejaron de  ser institutos garantes de la participación ciudadana, para convertirse en negocios familiares, vulgares agencias de colocaciones.

Continuando los dictados del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, Salinas reformó la constitución aperturando los recursos nacionales al libre comercio bajo la promesa de un progreso casi inmediato, México entraría por fin-se dijo-, a las grandes ligas de la economía internacional, nuestra nación se alzaría otra vez como el hermano mayor de América Latina, bajo la promoción del liberalismo social y económico. Para contrarrestar la fuerza de una emergente izquierda, Salinas cogobernó con el PAN, envió a la cárcel a su adversario, el líder petrolero Joaquín Hernández Galicia, arrebató el sindicato de maestros a Jongitud Barrios, otorgó prerrogativas a la Iglesia, pactó con el narco el control de las regiones y el monopolio de la violencia.

Desfondó y persiguió a las organizaciones sociales de corte marxista que aún quedaban en el país. Con sendas regalías, compró la voluntad de la prensa escrita y la televisión fue como nunca, el luminoso escaparate al servicio de las obras del gobierno. Se persiguió la crítica a garrote vil, también con becas y premios, Salinas acotó la opinión de importantes intelectuales que se declararon públicamente promotores de la total apertura de México ante el comercio. Con su lenguaje rebuscado y el denuedo como estilo personal de gobernar, Salinas desmanteló al Estado Mexicano ofreciendo el país a los capitales extranjeros, otorgando el control de las empresas estatales a una corte de empresarios codiciosos.

La debacle de un pequeño imperio que al final no cupo en seis años, vio la luz en el ocaso de su régimen, en Harvard, Stanford o Pennsylvania, en cualquiera de las universidades favoritas de los yuppies de la tecnocracia, no les enseñaron a estos como conectar con las necesidades de la gente. La empatía  frente al dolor de otros no fue una preocupación del entonces mandatario, quien ciego de poder especuló también con la sucesión presidencial, estableciendo un hasta ahora ininteligible juego de voluntades que al final, causó el asesinato del entonces candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio Murrieta.

La sostenibilidad del modelo económico se mantuvo, pero ello le costó a Salinas el final a sus ambiciones inmediatas, el encarcelamiento de su hermano y el autoexilio-voluntario- como un ritual de aceptación del escarnio. Nunca se persiguió a todos los culpables, estos sobrevivieron transexenalmente, otros desaparecieron de plano, pero Salinas, el gran perpetrador de la tragedia nacional, retornó al país, sin que la justicia apareciera por ninguna parte. El triunfo de AMLO, amparado en el voto masivo reivindica históricamente la victoria de la izquierda negada por el fraude del 88, treinta años en los que fuimos y venimos entre las sombras de gobiernos que establecieron un verdadero imperio fáctico, donde el presidencialismo cedió su inquebrantable voluntad a las decisiones de los dueños del gran capital.

El clamor popular hubo de esperar todo ese tiempo, durante esos mismos treinta años, el régimen se fortaleció pero la democracia se quebró, el sueldo mínimo subió siempre magramente, aumentaron los sueldos de los políticos, creció la brecha de desigualdad, la imperiosa necesidad de justicia social se convirtió en una pesada carga histórica, imposible de ignorar.

La gente no olvidó, transitamos con dolor todos estos años. Aguantamos el corporativismo, el alza de los precios, la erosión de la paz social, la truculencia de los asesinatos con la firma del narco. Toleramos el cretino presupuesto de la clase política, los discursos aderezados con la melcocha de un moralismo despótico, la decadencia originada en la falta de oportunidades, el derecho a un empleo, a la salud, el derecho a disentir vedado por las temibles exigencias de un sanedrín dorado que considera, que ha considerado todo este tiempo, que los ciudadanos somos menores de edad sin derecho a la emancipación.

Los gritos de clamor en el zócalo por la victoria de AMLO, parecen sintetizar todo ese hartazgo enquistado con los años, la sociedad mantuvo este dos de julio una actitud encomiable, la avalancha de votos no dio lugar a las posibles maniobras orquestadas por el régimen. Se agolpan los latidos del corazón, la respiración se acelera, se enchina la piel al revivir de nuevo esos momentos en que la voz de cientos de personas corean a voz en cuello el nombre de México, México, el momento catártico en que el Presidente Electo arribe al poder solventado más que nunca en la voluntad de las y los mexicanos, el hombre que ha decidido reacuñar en los últimos tiempos el término de poder, un poder republicano que la nación otorga a su primer magistrado, y este lo devuelve a la mayoría en la práctica de un ritual olvidado: el entendimiento de que ese mismo poder reside en la voluntad del pueblo.

El despertar de México

La noche larga de los treinta años, en donde transcurrimos de la esperanza por el Frente Democrático, al dorado embuste salinista. Del pragmatismo de Zedillo al falso triunfalismo de Fox. Del sanguinolento autoritarismo de Calderón, a las inaceptables corruptelas de Peña y su séquito, los mexicanos aprendimos que la democracia no se puede ejercer únicamente desde los partidos políticos, sobre todo cuando estos han perdido legitimidad bajo la sombra de los intereses que suponen el reparto discrecional del erario.

Fuimos faquires que nunca nos acostumbrados del todo a los abusos, les dimos salida entre el mar de chistes donde las corruptelas siempre tuvieron el rostro de un gordo funcionario que escondía la torva mirada, bajo la impenetrabilidad de unos lentes tan oscuros como la conciencia. Tardamos en comprender pero entendimos, que las dádivas no pueden ser más grandes que el futuro de un país, creímos en nosotros, en el poder de un voto cuya efectividad democrática es tan certera que no da margen a ninguna duda. No funcionaron esta vez la guerra sucia, las mentiras mediáticas, el clima generado desde las cúpulas para construir un síntoma de odio.

La sociedad gracias a la libertad que hoy brindan las redes sociales, se armó para la ocasión, se informó, comparó noticias, supo distinguir lo falso de lo real, lo digno de lo ofensivo, lo escatológico de lo trascendente. Los sectores empobrecidos de México, esta vez mayoritariamente ya no vendieron su voto, sino que fueron más lejos, recibieron las dádivas pero al tiempo de votar, castigaron al régimen con la dignidad que solo cabe en un pueblo noble como el nuestro, la sombra de los fusiles de la revuelta popular fueron cambiados por el sufragio, el sufragio que hoy más que nunca adquirió el poder de su efectividad, un poder sustituido durante treinta años por el ruin corporativismo. Las llamadas facciosas generadas por la élite, invitando a no votar por AMLO tampoco surtieron efecto y fueron denunciadas.

Esta vez la televisión no formó parte de una infamante estrategia que ensució el proceso durante el 2006, tampoco los pequeños empresarios se prestaron al juego del miedo, los estudiantes, se aprestaron a la construcción de canales de Youtube donde se difundían las fake news. La sociedad civil informada construyó una valla en las redes sociales, con la finalidad de desmitificar las notas tendenciosas generadas por los comunicadores serviles ante el poder, el pseudo-periodismo construido a partir de la falacia no tuvo trascendencia.

Los ciudadanos hartos de las promesas eternas de progreso, de las bondades de las reformas estructurales, del esta vez sí y otra vez mañana, votaron en contra del PRI, del PAN, igualmente contra el PRD, partido cuyos dirigentes se dejaron hablar al oído por la lengua bífida de Jesús Ortega y compañía, promotores todos de una izquierda tan insustancial como difusa, ininteligible. México demostró que puede ir al frente de sus problemas sin recurrir a la violencia, tenemos la oportunidad histórica de reducir la brecha de desigualdad, de hacer rendir nuestra productividad, de reconciliarnos con un país cíclicamente sometido.  Reconciliarnos con un progreso que admita la educación, la cultura, el deporte, dejar de creer que la defensa del bienestar de la nación es “populismo”-como pretenden los expertos en campañas negras-, y si entender lo que realmente es: un derecho consagrado por la propia Constitución.

Estabilidad política y financiera

 De no haber sido por la atinada agenda de los operadores de AMLO, el peso habría cedido estrepitosamente al poco tiempo de haber sido declarada la victoria electoral. El trabajo de vinculación desarrollado por Romo, Urzúa, Esquivel, Vasconcelos,  y otros más frente a las instituciones bancarias, Calificadoras, y otros organismos financieros, logró dotar de certidumbre el triunfo de AMLO, se trató de una atinada labor que podríamos definir en una frase: “la campaña detrás de la campaña”.

La presencia de AMLO, ofreciendo un discurso conciliador en tono de estadista, afirmando que no habría expropiaciones ni un comportamiento provocador con los mercados, apuntaló el trabajo de operación de sus aliados, y solventó la idea de que México no reventaría, no habría inestabilidad social ni caos. La aparición de AMLO frente a Peña, es una imagen rescatada-nuevamente- para la estabilidad del mercado, que requiere solventar la idea de que el país convivirá pacíficamente durante la transición, para que las inversiones no desistan y la economía no se desborde.

Todas las señales, los pequeños rituales, las fotos, el tono del discurso, indican que la política más que una ocurrencia es un juego de equilibrios que al final debe enriquecer el interés común. Los indicadores hasta ahora percibidos permiten comprender-como ya se dijo-, que AMLO será respetuoso del intríngulis económico, pero no abandonará la conexión social que lo llevó al poder, así lo manifestó en su discurso de agradecimiento en el Zócalo capitalino, y donde ratificó plenamente su denuedo de líder forjado en la lucha social, se nota la experiencia de un hombre conocedor de la política palaciega, de los tiempos, impasses, gestos y acuerdos que enriquecen la zoología del poder.

La relación con Estados Unidos

La relación bilateral con el gobierno de los Estados Unidos también cuenta con señales que auguran por lo menos una buena configuración inicial. La propuesta de nombramiento de Marcelo Ebrard al frente de la cancillería, es un gesto inequívoco del interés del próximo Gobierno de México por mantener una relación sana y equilibrada con el vecino país del norte.

Destaca la cercanía de Ebrard con el que fuera Alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, quien por otra parte es el abogado actual de Donald Trump. No podemos olvidar que en el año del 2002, cuando AMLO se desempeñaba aún como Jefe de Gobierno, contrató a Giuliani como asesor de seguridad del DF, habida cuenta de sus innegables capacidades y experiencia para la reducción de la criminalidad en Nueva York, Giuliani con el respaldo del gobierno, implementó el proyecto de seguridad denominado: “Cero Tolerancia”, basado en operativos, estrategia e inteligencia. Independientemente del temperamento volátil de Trump, resulta hasta obvio agregar que la relación con el gobierno de la nación más poderosa del orbe es de suyo relevante, si bien es cierto que este ha proferido fuertes descalificaciones contra los migrantes de nuestro país, huelga decir que el gobierno encabezado aún por Enrique Peña Nieto, no tuvo ni las agallas ni la estrategia diplomática para hacer frente a una relación toral para México, Trump, conocedor de los escándalos de corrupción de  nuestro débil gobierno, encontró en este un irresistible pretexto para continuar enriqueciendo sus argucias de Peso Completo del Box, dispuesto a llevar al enemigo en turno, al lado conveniente del encordado.

Convertida la política de los Estados Unidos en un piso de ventas del Tiempo Compartido, era necesario desde México un interlocutor de nivel, que supiera contestar con equilibrio y firmeza las fuertes interpelaciones de Trump; el próximo Gobierno de México, integrado en su mayoría por personalidades de gran valía académica y compromiso social, promete ser ese firme interlocutor que responda con la entereza que enmarca el respeto a la legalidad y la soberanía. En el análisis internacional del momento, tampoco podemos obviar de que en caso de no ser sometido a juicio por el Congreso de su país por el tema de la trama rusa, Trump-ave de las tempestades que ha sobrevivido no sin cierta estrechez-, podría buscar la reelección, esto último bajo la bandera de un éxito-entre mediático y real- en el proceso de desnuclearización de Corea del Norte.

Lo que nos espera

En cuanto al estado de la política nacional, resulta claro que a Ricardo Anaya le aguardan las fauces abiertas de sus enemigos, la probable expulsión de su partido, las denuncias por las acusaciones por lavado de dinero. Al PRD la debacle, el desprecio de un electorado que no perdonará la derechización de una izquierda desleal e insana, proclive a silenciar a sus mejores cuadros mediante la represión interna o las vendettas de muy bajo talante. El dilema de AMLO, será operar frente a una nación heterogénea que aún guarda en la piel el aroma pestilente del presidencialismo, de igual manera contener la desbordante energía de aquellos jacobinos que piden exhibir en sangrantes picotas, las cabezas de los adversarios políticos.

El dilema de los mexicanos, será reconciliar una nación dividida por las campañas negras o los prejuicios, cerrar filas a favor de un gobierno que de inicio goza de gran legitimidad, coadyuvar en la solución de acuerdos y no en soluciones mágicas. El dilema de los medios de comunicación, será convertirse en coadyuvantes de información veraz, no recargada más en la tendencia que fortalece los falsos positivos, ser un verdadero factor para la democracia.

El de las cúpulas empresariales no meter las manos en los procesos democráticos, esperando infectar de incertidumbre a la nación. El de los críticos a ultranza de AMLO, el evitar convertirse en gárgolas arrinconadas en la oscuridad de un negacionismo amargo, insustancial, sin fe en un futuro donde haya luz, diálogo, acuerdo, el equilibrio que todos; propios y extraños anhelamos.

♠Paréntesis

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