Adrián López Ortiz

 

 

Andrés Manuel López Obrador, el candidato de izquierda, consiguió 30 millones de votos en la elección más grande de la historia mexicana. MORENA, su hechura, logró el control de ambas cámaras en el Congreso, además de una tajada enorme de gubernaturas y congresos locales.

El rival más competitivo, Ricardo Anaya, se quedó a años luz y su partido, el PAN, tendrá una de las cuotas de poder más bajas desde que lograra la alternancia con Vicente Fox.

Lo del PRI es todavía más catastrófico, José Antonio Meade no ganó un solo distrito electoral y el tricolor se convertirá en una minoría, literalmente. El impacto electoral es brutal pero será más serio el impacto económico, pues el partido recibirá mucho menos dinero en el futuro.

La participación electoral fue del 62.65% del padrón y hubo grandes sorpresas, sobre todo en lo local. Los nuevos senadores, diputados federales, alcaldes y diputados locales surgirán como nunca de las filas de MORENA. Muchos son perfectos desconocidos que nunca imaginaron ganar, pero estarán allí para representarnos. En ese contexto, resaltan las derrotas de los independientes Pedro Kumamoto y Manuel Clouthier, quienes competían por el senado; ambos fueron arrollados por el “tsunami Andrés”.

Estamos ante el “efecto AMLO”, un fenómeno hasta ahora desconocido para los mexicanos: cómo un candidato y un partido de izquierda arrasaron gracias al deseo de cambio de los electores.

Tendremos un Presidente electo y un partido que dominarán ampliamente el poder político durante los próximos seis años. No importa que suceda de aquí al primero de diciembre cuando asuma formalmente, para efectos prácticos y simbólicos López Obrador ya es el Presidente de México.

Dos señales lo explican: el dominio  de la agenda mediática y el cambio de tono discursivo.

Sobre lo primero, es muy obvio: los grandes medios mexicanos necesitan congraciarse con el ganador, por eso AMLO y sus voceros ya desfilaron por todos los espacios de radio y TV que en algún tiempo, sobre todo durante las primeras dos campañas presidenciales, le estuvieron vedados. Todavía no sabemos que hará AMLO con el tema de publicidad oficial, pero ya es la portada de todos los periódicos nacionales. Se les trata ya como gobernantes.

Y eso nos lleva a lo segundo: tanto López Obrador como sus personas de confianza han venido matizando, explicando y aclarando las ideas e intenciones del próximo gobierno en torno a temas polémicos como la amnistía, la estrategia de seguridad, el tratamiento de las drogas, entre otros. Así como la apertura de Olga Sánchez Cordero para regular mariguana recreativa y amapola medicinal fue bien recibida, la sola mención de la integración de Manuel Mondragón al equipo de seguridad levantó indignación y protestas entre activistas que lo conocen bien.

Es decir, atrás quedó la rivalidad política y la beligerancia discursiva que requieren los tiempos de campaña y estamos ahora en el periodo de transición que exige todo lo contrario: tender puentes, matizar posturas, abrir canales de diálogo, buscar aliados.

Por eso no sorprende que Tatiana Clouthier vaya a Gobernación, Marcelo Ebrard a Relaciones Exteriores o que Alfonso Romo sea ya el enlace con los empresarios. Se les identifica como los moderados dentro del equipo del futuro Presidente y con la capacidad de diálogo para transitar hacia acuerdos en temas difíciles.

En términos de configuración política México es un nuevo país. Aún cuando nuestra realidad violenta, desigual y corrupta sigue idéntica. Sin embargo, no podemos decir que no ha cambiado nada: el alto nivel de participación, la contundencia del resultado, el rol ciudadano en la organización electoral y la madurez política de vencedores y vencidos han dado aire fresco golpeada democracia.

Sí, me atrevo a decirlo, estas elecciones han fortalecido nuestra convicción democrática. No por el resultado en sí mismo, sino por cómo sucedió: las elecciones salieron bien y los resultados confirmaron lo que apuntaban las encuestas. No hubo sorpresas e incluso otros elementos ayudaron, como  el rol que jugó el proyecto Verificado para contener y desenmascarar la desinformación y las fake news.

¿Qué sigue? Que la transición camine lo mejor posible. Que se mantenga el diálogo y el respeto. Que a pesar de haberlo ganado todo no impongan, ni avasallen. Hay perfiles para lograr eso.

Y cómo no podemos confiar que la buena voluntad domine, tenemos que generar contrapesos. Por eso celebro la postura del líder del Coparmex, Gustavo de Hoyos cuando rechaza la “luna de miel” y promete diálogo firme y exigente, no cheques en blanco. Por eso celebro que Tatiana Clouthier pida a la ciudadanía que se involucre y participe más.

No se trata de cancelar la esperanza ni de abandonar la alta expectativa de cambio existente, pero justo ahora y para lo que viene, la crítica será imprescindible para contener el Efecto AMLO en el poder.

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