La magia del… ¿balompié?

Por Lizbeth Luna López

 

FOTO: MARGARITO PÉREZ RETANA /CUARTOSCURO.COM

La tarde del sábado, saliendo del trabajo, fui a una fiesta que un grupo de amigos organizó para “festejar la situación nacional en el deporte”. Asistí con la intención de reducir mi estrés laboral y poder hablar un poco con mis conocidos.

Escuché temas muy variados en las conversaciones de los asistentes: lo maravilloso que es que “nuestro equipo” lleve dos victorias seguidas; el agua y su “privatización”; el presidente de Estados Unidos y su cruel comportamiento; la “marcha gay”, el LGBT… que nunca saben terminar y el cruce en la ciudad de ese movimiento, los festejos del partido y el examen de la COMIPEMS.

Cada plática se resaltaba por el entusiasmo en sus participantes. Decidí unirme (o mejor dicho: acercarme) a una en la que había tres personas conocidas. Uno de ellos se quejaba: desde su percepción, el fútbol está sobrevalorado. «Ni siquiera deberíamos decirle así. Somos unos malditos malinchistas», mencionó. Discutieron sobre el significado. Discutieron sobre la forma en la que se escribe y pronuncia “correctamente”. «Fútbol, balón-pie, balompié… ¿a quién le importa?»,  dijo uno de ellos en tono burlón. Otro le respondió que importaba bastante, porque era cultura general, y por la gran relevancia que “nuestro equipo” tenía en la sociedad actual. «Ha conseguido unir más personas que cualquier movimiento social o tragedia anterior. Es la magia del balompié, amigos, pero ustedes no quieren verla» . Sonreí ante las burlas de los otros que atribuían su comentario a la cerveza. Hablaron sobre lo irrelevante que ha sido el deporte ante otras situaciones. Terminaron hablando sobre la pobreza en el país. Uno mencionó que somos indiferentes ante los problemas nacionales porque estamos enfocados en otras cosas sin sentido «Su mentado futbol, por ejemplo» les gritó. Yo me sentía confundida e indecisa con respecto a su relevancia, y bastante interesada en la forma correcta de escribir el nombre del deporte. En parte me sentí culpable por estar más interesada en ello que en la pobreza.

Noté que era algo tarde y decidí retirarme, pues deseaba recuperar horas de sueño perdido durante mi semana laboral. Como supuesta estrategia ante la posibilidad de un asalto, saqué parte del dinero de mi cartera y las puse en la bolsa de mi chaleco. Al subir las escaleras del metro, un hombre se acercó a mí para pedirme un poco de dinero o un boleto. Me sentí triste al saber que no tenía dinero y preocupada por la hora. No tenía mucho cambio de sobra en la bolsa, pero quise cooperarle para que comprara su boleto y pudiera volver a casa.  Le ofrecí dos pesos con cincuenta centavos. El hombre los miró con desprecio y se alejó de mí muy molesto. Mientras estuve en la fila para comprar boletos, me di cuenta de que le pidió dinero a bastantes personas. Notó mi mirada y me devolvió una de desagrado. Se acercó a la taquilla y le pidió a una mujer que por favor lo “pasara” con su tarjeta. Ella accedió. Compré mi boleto y me dirigí a los “andenes”. Me sentía molesta ante lo ocurrido. Al abordar, busqué mi teléfono y abrí una de las redes sociales. Una publicación me escupió una frase que me resultó burlona en el momento: “El cambio inicia en ti mismo”. Me reí impotente. Perdí por completo el deseo de saber la forma en la que debe escribirse el nombre de tan afamado deporte y, lamentablemente, sobre el tema de la pobreza también. Desconozco la génesis exacta de la indiferencia, pero creo tener una leve idea sobre la forma en la que se puede desencadenar.

paréntesis

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