“Amigas y amigas”, dice AMLO; se escucha la primera ovación en el estadio Azteca

s A su máxima capacidad lució el estadio Azteca, escenario del cierre de campaña del abanderado de Juntos Haremos Historia.

Fueron el estadio Azteca repleto, la proximidad de las urnas o el sabor a victoria que proporcionan las encuestas o las banderas rendidas de sus adversarios. O fue una mezcla de todo. El caso es que las lágrimas asomaron en los ojos de Claudia Sheinbaum y de Andrés Manuel López Obrador.

A la candidata a jefa de Gobierno correspondió presentar al candidato, tras una larga tarde en que decenas de miles cantaron, bailaron y gritaron consignas. Sólo en los clásicos vemos este lleno, diría un guardia de seguridad en la puerta del recinto (el portazo de los que no alcanzaron lugar fue la confirmación del dicho).

Sheinbaum presentó a un hombre que se ha ganado el corazón del pueblo de México, en nombre de los candidatos a gobernadores, todos en el templete al igual que la familia del aspirante presidencial y los dirigentes de los tres partidos coligados.

Amigas y amigos, dijo López Obrador, y eso fue suficiente para arrancar a los asistentes la primera ovación de la noche.

Abajo, cerca del pasillo donde antes se pasearon La diosa de la cumbia y Belinda, un par de jóvenes habían sostenido toda la tarde una cartulina que apelaba a la memoria: Prohibido olvidar que esta lucha es para y por los marginados.

López Obrador pareció no olvidarlo cuando, en la primera parte de su discurso, habló de que el próximo domingo se comenzarán a “convertir en realidad los sueños de muchos mexicanos de antes y de nuestro tiempo.

Lo que vamos a consumar viene de lejos y se ha fraguado con el esfuerzo y la fatiga de muchos compañeros, de distintas clases sociales y corrientes de pensamiento, que en su momento lucharon por la democracia, la justicia y la defensa de la soberanía nacional.

En su lista, López Obrador mencionó a varias señeras figuras de la izquierda, como Valentín Campa, Alejandro Gascón, Demetrio Vallejo, Heberto Castillo, Othón Salazar y los jóvenes del 68. En la lista incluyó, a tono con la variopinta coalición que según las encuestas lo llevará a la Presidencia en su tercer intento, a Salvador Nava y Manuel Clouthier.

No pasó desapercibida tampoco la mención a los fundadores de la Corriente Democrática y a Cuauhtémoc Cárdenas. Y fue en este punto que anunció que su voto será para la luchadora social Rosario Ibarra de Piedra.

Pero no sólo personajes de la arena política merecieron mención: López Obrador también dijo que el arranque de la cuarta transformación de México está en deuda con Julio Scherer, Hugo Gutiérrez Vega, Sergio Pitol, José María Pérez Gay y un hombre extraordinariamente inteligente y comprometido con las causas sociales: Carlos Monsiváis(quien se llevó, post mortem, una ovación del estadio Azteca).

La pieza oratoria de López Obrador fue un resumen de las propuestas que presentó a lo largo de la campaña. El tema que quizá le llevó más tiempo fue el combate a la corrupción, aunque también dedicó varios párrafos a agradecer a sus miles de promotores. Ha sido, dijo, un ejercicio de pedagogía política en todas las plazas del país.

En los años recientes, añadió, millones de brigadistas se han dedicado a hacer conciencia sobre la necesidad de conseguir un cambio verdadero.

Dándola por segura, el candidato de Morena delineó otra fuente de su victoria electoral: “Todo ha sido posible por la perseverancia, la terquedad, la necedad… por no claudicar, por no vendernos, por seguir insistiendo, por caer y levantarnos, y volver a caer y levantarnos hasta lograr lo que pronto se va a conseguir, la transformación de México”.

Gracias a esa necedad, siguió López Obrador, se ha logrado convencer a la gente de la existencia de un de un pequeño grupo que controla las instituciones y de su desmedida avaricia.

Igualmente, se ha conseguido que muchos ciudadanos de clase media que antes nos insultaban vayan a votar por nosotros el domingo.

Desde un pequeño atril con el logo y el lema de Morena, con la bandera nacional de fondo, López Obrador trazó líneas de lo que sería su gobierno y juró que no propone una transformación por encimita, sino un cambio radical, porque implica arrancar de raíz el régimen de privilegios y corrupción.

Las promesas de que habrá un nuevo fiscal electoral incorruptible, de que se cancelarán las pensiones de los ex presidentes y que no habrá más gasolinazos, arrancaron ovaciones.

Lo mismo ocurrió cuando, al referirse a la relación con Estados Unidos, dijo que México nunca será piñata de ningún gobierno extranjeroy, más todavía, cuando recurrió a una de sus frases más repetidas: Sólo siendo buenos podemos ser felices.

López Obrador había tardado 15 minutos en llegar al escenario. Antes había recorrido lentamente el pasillo central y repartido abrazos y saludos. Un par de muchachas le pusieron enfrente la bandera multicolor de la diversidad y López Obrador se tomó una foto con ella en mano.

Además del portazo y el estadio lleno, 53 mil personas habían seguido la transmisión en vivo por YouTube (contra 141 del acto similar de José Antonio Meade).

Faltando 14 minutos para las 10 de la noche, López Orador lanzó tres ¡Viva México! y la multitud le respondió al unísono, como antes había hecho la clásica ola al ritmo de la canción que dice si el país se moreniza no nos gana Televisa, justo en el estadio de la televisora.

¡Pre-si-den-te!, ¡Pre-si-den-te!, remató el discurso la multitud.

Y sin más preámbulo, la potencia vocal de Eugenia León se apoderó de la escena, con una versión actualizada de La Paloma (casas blancas, neoliberales traidores y justicia para Ayotzinapa resonaron en el estadio).

La salida también fue tumultuosa. Los vagones del tren eléctrico eran latas de sardinas. La mochila de un joven se atoró en las puertas.

Tu mochila, hermano, se escuchó desde un grupo de hombres mayores.

“Aguas con tu cartera y tu celular, mano, porque por ahí anda Canayín”, dijo otro señor, y todo el vagón soltó la carcajada.

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