Greta Garbo, el rostro impenetrable

Imagen tomada de la página: Revolution Watch

 

Aldo Fulcanelli

Dijo un pensador que así como se leen las palabras, también se pueden leer las apariencias, constituyendo el rostro humano uno de los textos más largos, no se equivoco.

El rostro humano es sin duda uno de los grandes misterios de la creación, también un código inagotable de mensajes cifrados contenidos en gestos o miradas, cuanto nos dice la sola presencia de aquellos rostros que nos conmueven o inquietan desde el primer momento, incluso hasta el afecto que se transforma en obsesión.

Cada rostro pues encierra una historia secreta, lo que la boca se guarda lo denuncia muchas veces la expresión facial, el poder misterioso de una cara interrumpiendo al devenir humano con quien sabe que potentes artificios hasta ahora no exhibidos del todo; para el contento de los soñadores que hemos encontrado en el reino de la simbología, un inagotable abrevadero donde escapar del mundanal ruido.

Fue a través del pincel, que los grandes artistas buscaron no solamente legar a la posteridad una profunda herencia enriquecida por los iconos con el retrato, también la decodificación en la plástica de esas mismas apariencias de las que habla el pensador, intentando atrapar en instantes la poderosa gestualidad del rostro, como si del espíritu que hace posible la generación de vida se tratara, una colorida mariposa contenida en un frasco, un colibrí disecado por su captor, que busco atrapar el gran momento, imperceptible para la mirada humana en que ese pequeño animal aletea cincuenta y cinco veces por segundo, esa misma fascinación por perpetuar las cosas consagrándolas a través de las imágenes, representa tal vez la gran batalla del hombre contra el inexorable tiempo, que abandona la frescura de lo recién creado para convertirla en vestigios, estragos, ruinas que el hombre intenta recuperar por medio de las artes o de la memoria histórica.

El fotógrafo abandona el pincel para hundirse en el reino de la iconografía, lo sabe el celuloide, que se convierte en esa jaula irresistible donde yace la estrella cinematográfica exaltada una y mil veces por el ojo humano. La técnica del color es sustituida por la luz natural, el manejo atinado de los filtros, pero al igual que el pintor, el fotógrafo si quiere trascender no puede renunciar al reloj interno que le aconseja como, cuando, donde captar la imagen adecuada, disparar desde el obturador lanzando la red que ha de retener la belleza, la belleza que significa la magia de un momento irrepetible, único, o la belleza humana amparada en esa síntesis de cábalas y arquetipos contenidos en el rostro, listos para ser interpretados por el espectador.

El cine tuvo la originalidad de hacer del plano un lienzo, construyendo a partir de la secuencia una total obra de arte a la que se puede retocar con escenografía, música, hasta dotar incluso de una potente narrativa amparada en la simbología, por ejemplo.

La musa dejo atrás el viejo estudio del maese, donde la bohemia se disolvía entre el aroma del óleo y el sabor del ajenjo, arribó como un repentino haz de luz hasta el plató cinematográfico, dejándose acariciar por la sorna de los felices veintes, creció en la América junto a los rascacielos o la vanguardia técnica, el art decó y el bienestar económico, también los soterrados rumores de Miller o Lorca, o ambos advirtiendo desde entonces sobre la decadencia mimetizada en la pujante modernidad de la gran urbe. La musa creció bajo las sombras magnificadas del expresionismo, contuvo la respiración tras la radiante piel aperlada de su belleza helénica, permaneció muda hasta que el cine hablo con ella, entonces, aquella voz sensualmente grave resistió los embates del sonido, la voz potente de mujer enérgica, jamás doblego a la delgada figura como la cera que se fuera ampliando junto a las pupilas de un público ávido hasta la obsesión.

Fue casi una esfinge cuyo mejor parlamento fue la suprema contención, un silencio casi victoriano, celosamente resguardado tras las enormes pestañas que enmarcaron al rostro de exótica rigidez, ese mismo rostro que bien podría emerger de la época azul de Picasso, la figura más larga que la elegancia misma, rematada por dios de principio a fin en un solo trazo.

Fue la mujer fatal o la espía, la reina de una historia que se convirtió en cuento, forjó su leyenda en el star system gracias a cintas como “The Torrent” (1926), “Flesh and the Devil” (1926),  “Anna Christie” (1931), “Mata Hari” (1931), “Grand Hotel” (1932), “Ninotchka” (1939). En el pináculo de su trayectoria cinematográfica, se retiro sorpresivamente con la frase “I want to be alone”, pronunciada en la cinta “Grand Hotel” como un misterioso epitafio que desatara todo tipo de elucubraciones y efectivamente, la musa inexpresiva cuyo rostro intento ser descifrado por cientos de espectadores alrededor del mundo, no volvería jamás a los estudios de cine, aumentando su leyenda personal con el récord de su escapatoria del mundo fílmico: veinte años de trayectoria, cincuenta de ausencia hasta su muerte, y su presencia impasible en los escaparates de la memoria visual del mundo por una eternidad.

Su desaparición definitiva del mundo del espectáculo, convirtió a Greta Garbo en una de las más poderosas obsesiones de los paparazzi, quienes aguardaban detrás de los árboles o los autos, a la salida del apartamento de la legendaria mujer para tomar aunque fuera una imagen.

Garbo se convirtió en una escapista consumada tras los grandes sombreros o las enormes gafas que ocultaban la piel ya negada a las luces del plató, siempre huyendo de la prensa, siempre alentando sin consentirlo su probable retorno a las cámaras, siempre advertida por los periodistas de espectáculos que construyeron en torno a ella un halo de leyenda imposible de ceder ni ante la acción del tiempo, pero todo fue inútil, la diva por excelencia fue la gran emperatriz de un ostracismo acrecentado por la auto reclusión, una reina de corazones que hubo de renunciar a las falsas bondades de un Hollywood construido a partir del vicio, la prostitución y los excesos para ser ella misma.

Si su presencia frente a las cámaras representó una de las grandes conquistas del star system, su total ausencia ratificó que una figura así, inabarcable, hubo de recurrir al aislamiento, incluso a la extinción de algunos vínculos afectivos en aras de construir una identidad propia, independiente del “que dirán” o incluso de la moral pública. Aparte del halo de misterio que siempre la cubrió, alguien hablo de la lejanía o la distancia como otra de sus grandes características, la de un seductor animal al servicio de sí misma, con el poder adherente de pasar a la invisibilidad entre uno y otro latir, el poder de anular a otros a partir de su sola presencia, pero también el sortilegio de anularse para todos los demás ante la sola invocación de aquel “I want to be alone”, pronunciado a la manera de un conjuro.

Han pasado ya más de setenta años de una de las fugas más comentadas del espectáculo, pero Greta Garbo no pudo parar el torrente de emociones que provocara con su belleza andrógina, tampoco la manera en que el recuerdo se traspaso de generación en generación hasta convertir su nombre en el arquetipo que mejor describe al glamur y la elegancia. Greta Garbo fue, sigue siendo como la canción de Lara, aquella que dice que “el hastío es pavo real que se aburre de luz en la tarde”, un poema que hace referencia a la inquietud del amor, habla de las ´´trémulas angustias musicales”, de jardines azules como la nostalgia, hasta donde llega el extravío de una mujer que concentra todos sus misterios en su andar distante.

Una mujer hastiada de las luces, o el saludo repetitivo o superfluo de los espejos, los flashes de las cámaras, también  la exclusividad que nace a partir de la falacia. Greta no se contuvo, no pudo ser abarcada por los montajes, tampoco las grandes escalinatas que detuvieron la suave caída de los vestidos imponentes, ella abandono las revistas del corazón, los amores furtivos, los grandes contratos y las recepciones palaciegas.

En su eterna huida, una parte de Greta se nos queda en la pupila, también en el recuerdo de los afiches que inútilmente intentaron retener el alma de la diosa mas añorada. Tal vez, cuando el mundo se convierta en una selva de vestigios, ruinas y supervivencia, habrá estatuas de Greta Garbo salvaguardando los límites entre las ciudades, señalando con su dedo los horizontes entre la lluvia ácida, el rostro de esfinge aguardando que otro audaz héroe intente rebasar los límites entre la realidad y la ficción, sin morir en el intento.

♠Paréntesis

 

 

 

Leave a Reply

Your email address will not be published.