Marx y los chairos

Imagen tomada de la página: elpais.com

 

Aldo Fulcanelli

 

Hace algunos días veía a través desde YouTube el fragmento de una conferencia impartida por el periodista español Fernando Díaz Villanueva, en alguna universidad de América Latina. En la pretendida disertación, el popular comunicador se lanzó contra el cuello del extinto pensador prusiano Karl Marx, autor del extenso ensayo “El Capital”, argumentando que el personaje en cuestión no era otra cosa que un analfabeto funcional que no hacía otra cosa que acostarse con mujeres y beber sin trabajar.

En su texto titulado: “El Marx del que nadie habla”, el propio Díaz Villanueva proclama a los cuatro vientos que Marx era un abusador irascible, portador de una pereza patológica y para rematar, que por su falta de aseo personal, “tenía forúnculos en el trasero”. El artículo del periodista español, de escaso valor intelectual pero rico en calificativos, no propone cosa alguna, excepto el dar a conocer los aparentes vicios secretos de Marx, a quien sarcásticamente llama: “abnegado filósofo y economista”, sin embargo, haciendo honor a un periodismo serio, no fortalecido únicamente desde el estridentismo de las nuevas tendencias de la red social, que lo que buscan son noticias escandalosas, el autor jamás comparte las fuentes que consultó para llegar a tal verdad, tampoco clarifica las razones, motivaciones periodísticas que lo llevan a difundir la supuesta vida secreta de Marx -que no debería de serlo para los conocedores de su biografía-.

El autor termina su texto añadiendo que “las revelaciones descritas en el texto, representan una paradoja, una verdad incómoda…que no todos están dispuestos a reconocer”, esta última aseveración, pareciera arrancada de algún reportaje de la revista “Hola”, especializada en material dirigido a los amantes de los chismes de la farándula, pero no de un periodista al que se le abre foro y micrófono para que malgaste las horas del público y las propias, ofreciendo una conferencia que más bien aparece como una declaración inacabada de prejuicios, sin valor histórico, sin valor documental o dialéctico, que solo exhibe la presencia de alguien que pretende pontificar abusando de los adjetivos, y termina por rasgarse las vestiduras. Alguien que demuestra también el desatino que resulta de intentar una disertación, ya no desde el intelecto, sino desde el estómago, donde la incontinencia de los jugos gástricos, provoca la acidez que todos conocemos.

La pregunta sería: ¿Cuál es el objeto de analizar los forúnculos que a Marx le brotaron en el trasero? O el número de mujeres con las que se acostaba, cuando está más que visto que este personaje trascendió por su ensayo denominado “El Capital”, por otro lado, una obra cumbre que Díaz Villanueva pareciera no leyó, lo cual demuestra que con su estridentismo, más propio de un culebrón telenovelesco, Díaz Villanueva lo que hace es periodismo panfletario; de un estilo intelectualmente reduccionista.

Resulta más que obvio que no solamente Marx, sino muchos otros personajes de la historia llevaron vidas totalmente contradictorias, pues está visto que la especie humana a la que pertenecemos, es propensa al error pero también a la reivindicación. En suma, si Marx fue un borracho irascible y un huevón de aquellos, no deberíamos enterrar su obra por tal motivo, lo anterior sería como denostar el trabajo -por ejemplo- de Leonardo da Vinci o Miguel Ángel, quienes pintaron y esculpieron figuras religiosas y cuya vida sexual -dijeran los puritanos-, no está del todo clara.

Si hacemos caso -otra vez- a la exaltación de la moral, a la manera de un pontífice, tendríamos entonces que alistar los sambenitos para declarar tanto a Da Vinci como a Miguel Ángel como un par de blasfemos, por aquello de los supuestos amoríos con otros hombres, o dicho de otra manera, en el lenguaje purista y excluyente de Díaz Villanueva, la obra artística de ambos sería en todo caso una cochinada, una sublime asquerosidad financiada -para rematar-, por los autoritarios integrantes de la nobleza italiana, tan susceptibles a la promiscuidad y el autoritarismo, vaya contradicción inaceptable.

De igual manera Savonarola, el monje implacable, hoy pasaría por ser un violento supremacista, que en realidad fue asesinado por la jerarquía herética de los Borgia, para callar sus duras críticas sobre los excesos de los ministros de la iglesia. O tal vez Edgar Allan Poe, un alcohólico al que si viviera, Díaz Villanueva le haría imposible la escritura de su obra, salvo que se sometiera inicialmente a un tratamiento por desintoxicación y ya después -a la manera del periodista español- se dedicara a dar conferencias, pero esta vez para ir por el mundo refiriéndonos “de los horrores del consumo del alcohol”, y censurar -de paso- el matrimonio entre personas del mismo sexo, ¿Por qué no? Promover la familia natural y alguna que otra cita bíblica, de esas  que declaran que dios bajó y les dijo a los hombres que no se acostaran entre ellos, en lugar de los sendos e inquietantes cuentos de terror, que el mismo Poe escribió: por Dios que esto es de un moralismo victoriano que apesta.

Si continuamos deshojando la margarita en lo que se refiere a la vida privada de los autores, no quedaría títere con cabeza. Toulouse-Lautrec, el pintor de la vida nocturna parisina un deforme maledicente, proclive a los vicios, la promiscuidad, la vida licenciosa. Sigmund Freud un traumatizado egocéntrico que a menudo sufría los males que el mismo se dedicó a estudiar con fruición, ¿un enfermo de sexo que adondequiera que volteaba veía imágenes fálicas? ¿Un maniático pervertido? Anaïs Nin, por ejemplo, una ninfómana que tuvo la ocurrencia -terrible- de ponerse a escribir sus fantasías eróticas en lugar de formar una familia y cuidar a sus hijos, ¿una mujer sin recato? Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir un par de cerebros aventajados que ejercieron el gusto por la infidelidad, o mejor dicho, el culto por la fidelidad a lo infiel, ¿un par de pervertidos?

O incluso Pablo Picasso, un maldito misógino -en el lenguaje de Díaz Villanueva- abusador de animales, por aquello de su amor a la fiesta brava. En síntesis, podemos decir sin temor a equivocarnos, que prácticamente todos los integrantes de la estrambótica especie humana mantenemos grandes contradicciones, ninguno de nosotros -a saber- somos un dechado de perfección, todos nos equivocamos, pretender desfondar al talento de los grandes pensadores de la historia, por los defectos que estos tuvieron, resulta estúpido.

Es sorprendente que dicho lo anterior, las grandes audiencias, cada vez más pequeñas en intelecto se encarguen de consumir un tipo de periodismo clasista, que no solamente no abona a la tolerancia, sino que además, promueve la violencia ideológica a través de la difusión de la vida privada de los personajes, a la manera de los paparazzi, y no las discusiones serias a partir de su obra, ya no de los forúnculos que a estos se les formaron en el trasero. Como quiera que sea, muchas gracias a comunicadores como Díaz Villanueva o Gloria Álvarez, a quienes las universidades de América Latina, lamentablemente, les abren público para venir a escupirnos todos sus prejuicios e improperios disfrazados de reflexión: esa es la clase de periodismo anodino e insustancial, que muchos no queremos hacer.

Tanto Álvarez como Díaz Villanueva, y una cohorte de nuevos periodistas que se juran dispuestos a desmontar a los viejos mitos culturales, pasan largas horas de su tiempo atacando la diversidad de las ideas de otros, aludiendo adjetivos calificativos como: perroflautas o chairos. No está de más decir que iniciar cualquier discusión desde el calificativo resulta clasista, de un reduccionismo lamentable.

Respecto al adjetivo perroflauta, alguna definición no muy ortodoxa dice que se utiliza “para referirse a un tipo de persona, habitualmente joven y con aspecto descuidado, que puede verse como un hippie”. En lo referente a chairo, el Diccionario de la Lengua Española no tiene una definición como tal, pero el Colegio de México, ha expresado con cierta ambigüedad semántica, que chairo es  “una persona que defiende causas sociales y políticas en contra de las ideologías de la derecha, pero a la que se atribuye falta de compromiso verdadero con lo que dice defender; persona que se autosatisface con sus actitudes”.

Pero si a esas vamos, utilizando el vocabulario intolerante de Fernando Díaz Villanueva y Gloria Álvarez, dos comunicadores que se asumen como libertarios, cuyas presentaciones son mediáticamente ricas, pero culturalmente insustanciales, el adjetivo chairo les viene bien a ambos. Nada resulta más banal que ver a alguien hablando frente a un público sin ofrecer referencias, acentuando la exclusión en un sinnúmero de muletillas insoportables, enfundado en una camiseta o una boina para intentar encajar con los jóvenes. Una clase de investigador que no investiga, o una informadora que desinforma, alguien que viaja desde Europa, por ejemplo, pensando que a México, aún se le puede llamar actualmente Mesoamérica, alguien que predica desde las regiones inconsecuentes del ocio y la pereza mental, es un completo chairo.

♠Paréntesis

 

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