Del infinito al desdén

Por Lizbeth Luna López

 

Hoy día se menciona con frecuencia la penosa cotidianidad de las reuniones entre amigos, debido a  la indiferencia mutua y el centro de la atención en las redes sociales. Suele ser sencillo dirigir una crítica cuando, irónicamente, vemos imágenes en las redes sociales que hacen alusión al tema. Sin embargo, acepto que uno llega a un punto en  que deja de advertir que esto nos sucede.

El domingo por la tarde (único tiempo libre que el trabajo me permite) invité a un par de amigos a casa para ver una película y tomar cerveza. Aceptaron gustosos: el trabajo de ambos les permite el mismo gusto efímero y nada trascendental que a mí.

La interacción que se dio es fácil  de resumir: como era de esperarse, la atención estaba más centrada en los teléfonos celulares que en la televisión. De vez en cuando, teníamos un leve intercambio de palabras, o bien, nos acercábamos la pantalla de nuestros respectivos teléfonos para mostrarnos imágenes que nos resultaban graciosas.

La aparición de algo que prometía ser una conversación surgió ante una de esas imágenes. En ésta se hablaba sobre una película que recién se estrenó en el cine. Ambos lucían emocionados por los sucesos presentados en ella. Se miraban asombrados, a veces decepcionados, ante las suposiciones y pronósticos que cada uno compartía con respecto al desenlace de aquella historia. Yo me dediqué más bien a escuchar y beber, pues desconozco el tema.

Fui a la cocina por otra cerveza. Al regreso, tuve la impresión de que el sentido de la conversación era otro. Hablaban de sobrepoblación y de agotamiento y mal uso de recursos naturales. Presté atención a sus argumentos, pensando en que eran coherentes. Pretendía intentar dar una opinión hasta que uno de ellos mencionó: «Es a lo que me refiero. Ese sujeto tiene razón. Si la mitad de nosotros simplemente muriera, la historia sería otra.» Como respuesta, recibió risas y críticas dirigidas a la defensa de “los buenos” de la historia. Me resultó curioso no haber notado que seguían hablando sobre la película. Hasta cierto punto, me asombré del grado de conocimiento y dominio que tenían del tema, así como de la habilidad para defender su postura.

Ellos continuaron su discusión. Mencionaban,  eufóricos, lo trascendental que era en su vida la llegada del siguiente año, en el que se estrenaría la continuación de la historia. Yo me acerqué a la televisión para apagarla, pues la película había terminado hacía un rato, pero recientemente lo había notado. Al volver, aproveché su reciente silencio para tratar de conversar con ellos por primera vez en el día.  «¿cómo vieron debate?», les pregunté despreocupadamente. Ambos pasaron su mirada al piso después de haberla puesto sobre mí. Uno de ellos mencionó que no lo había visto. «El mejor resumen está en los memes»,  dijo el otro. Hablamos un poco de eso mientras reíamos. Intenté retomar la conversación. «No es importante amiga. La historia siempre va a ser la misma. El año que viene estaremos igual ¿qué importa quién gane o pierda?» Ambos estaban de acuerdo con esta afirmación. Me quedé en silencio y afirmé con un movimiento de cabeza que denotaba desgane. El alcohol comenzaba a tener un efecto de somnolencia en mí. Siguieron su conversación sobre la película. Yo me tomé otra cerveza, pensando  con cierto dejo de tristeza en mi hora de entrada al trabajo al día siguiente. «¡Por supuesto que van a ganar!» gritó uno de ellos. Sumergí mi atención en el teléfono y encontré una imagen socarrona que mencionaba a la pobreza como el principal motivo para ir al trabajo. Me sentí identificada y sonreí ante mi desgracia. Me di cuenta de que el mundo entero cabe en el margen burlesco de una imagen compartida en alguna red social.

 

paréntesis

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