Aterrizan a Leonora Carrington

 

La primera vez que Joanna Moorhead visitó a su prima Leonora Carrington en su casa de la colonia Roma, en 2006, la artista le advirtió: “No soy Prim, soy Leonora”. Prim, explica la periodista británica, era el apodo familiar para la niña Carrington, la única mujer de tres hijos. Y cuando la pintora huyó de su hogar, a los 20 años de edad, rompió toda relación con sus orígenes y afectos de infancia. “Si quieres venir, acepta a la Leonora que soy ahora”, le dijo la creadora surrealista en la puerta de entrada.

La advertencia, afirma Moorhead en entrevista con Excélsior, tiene mucho sentido si se hurga en el pasado de quien nació en Lancashire, Inglaterra, en abril de 1917.

En el momento en que Leonora Carrington salió de su casa en 1937 trazó el primer pincelado de una vida ajena a la aristocracia inglesa, distante a los deberes de la “buena esposa” y “mujer abnegada”, para insertarse en un mundo saturado de fantasía; el del arte. “Entendí que entraba a su casa no como periodista sino como familiar, como su prima, y que no encontraba a la Leonora que se fue de casa hace muchos años, sino a la artista”, señala.

Moorhead recuerda la anécdota a propósito del libro Leonora Carrington. Una vida surrealista (Turner), una biografía narrada desde la intimidad de la cocina de la pintora que llegó a México en 1942. Un relato construido a partir de las charlas entre la autora y la artista de 2006 a 2011, y que busca desmitificar la figura de la también dibujante, cuentista y dramaturga. El retrato de quien rechazó, tanto como le fue posible, entrevistas con la prensa y prefirió el claroscuro de su estudio como refugio.

“Sólo quiero pintar un retrato de ella como yo la conocí. Hacer este retrato porque ella fue muy importante en mi vida y hay cosas sobre Leonora que se deben decir bien. Tiene que decirse cosas más precisas acerca de su pasado, su familia, de dónde viene, qué buscaba en realidad”, precisa quien escribe, principalmente, en The Guardian. Entonces lo que la publicación ofrece es la trayectoria de una mujer, no la de una artista mitificada.

De las primeras ideas que la autora aclara es que Carrington no nació en una familia aristocrática. Es cierto, señala, que su padre empresario hizo mucho dinero en poco tiempo, lo que convirtió a los Carrington en los nuevos ricos de Inglaterra. Una familia que se esforzaba por entrar a un círculo social al que no pertenecía. Cenas, bailes y charlas con “la alta sociedad” dejaron en la pintora un sentimiento de no pertenencia.

En una de esas cenas, que Carrington recordaba con frecuencia en sus pinturas y cuentos, fue para presentarla ante el rey Jorge V.

Al respecto, Moorhead recuerda que era costumbre hacer bailes con las señoritas menores de 18 años para buscarles un buen esposo. Cuando fue la ocasión para Leonora, ésta se convirtió en una suerte de pesadilla coronada por una tiara que adornaba su vestido entallado. Era, para su madre que la acompañó, la oportunidad de forjar el futuro de su única hija. Pero para ella, el momento en que decidió escapar de las ataduras familiares.

“Es importante para su personalidad como artista la posición de su familia, de estar fuera de un círculo social, la insistencia de su madre por pertenecer a un grupo le dejó una gran impresión  y le significó mucho para crear la personalidad que tenía. También es importante aclarar lo que se dice de la relación complicada con sus padres, en realidad fue con su madre. A su padre nunca más lo vio desde que dejó su casa, pero con su madre fue diferente, porque ella trató de no abandonarla, a pesar de su situación”.

También es cierto que la pintora salió de Londres para seguir a Max Ernst, a quien conoció en 1947, cuando él tenía 47 años de edad. Pero la periodista aclara que el artista alemán surrealista significó para Carrington una oportunidad para entrar al arte, y no la única razón para huir de casa. Fue, dice, el vehículo para escapar.

“Claro que ella lo amaba, pero encontró en él una oportunidad que no se le presentaría otra vez, y por supuesto cambiaron muchas cosas en su vida a partir de conocerlo. Pero ella no siguió a un hombre, sino su objetivo de vida. Además, fue grandioso que tan joven pudiera tener a un maestro que le enseñó la técnica para hacer arte, le enseñó cómo se hacía y pensaba el surrealismo. Cuando llegó a México ella puso en práctica ese conocimiento”.

Así, Moorhead narra el tránsito de la pintora, en medio de la Segunda Guerra Mundial, por París, Lisboa, España, Nueva York hasta llegar a México bajo la tutela de Renato Leduc, su entonces esposo. Y, aunque Carrington jamás tuvo la intención explícita de volver con su familia, es cierto que por el contexto político internacional tampoco era posible. Tras la guerra, señala la periodista, las fronteras para entrar a Inglaterra estaban cerradas y es posible que eso alejara más a la artista de su origen.

Larga vida

Si bien la artista conserva un buen lugar en la historia mundial del arte, y en particular, en el de México, Moorhead considera que aún hay mucho por investigar y comprender del universo onírico de su prima. No sólo en un sentido teórico sobre su pintura y escultura, sino conocer su historia de vida, que dé pistas del significado de sus cuadros. Hay, asegura, una larga vida a su obra aún después de su muerte.

“Espero que, igual que Frida Kahlo, su trabajo se reconozca y comprenda mucho más conforme avance el tiempo. Creo que, como artista mujer, cuando muere no es como las grandes figuras, sino que necesita tiempo para ocupar su lugar y ahora con los homenajes de su natalicio veo mucho interés en explorar y conectar con ella”.

DEBUTA MONTAJE ONÍRICO

En un universo sideral, las hembras están en peligro de extinción por un virus que las acecha. El antídoto está en la cría de una avestruz, ave que representa la plenitud femenina, al menos en el mundo onírico de Carrington, autora de este relato que escribió en la década de los 60 como obra de teatro, pero jamás montó.

Se trata de Opus siniestrus, puesta en escena que se estrenará mundialmente el próximo sábado en el Museo de Arte Moderno (MAM) bajo la dirección de Emmanuel Márquez. La obra, explica el director, refiere al exterminio de la mujer como víctima de una sociedad patriarcal, pero más allá de dar un discurso feminista, explora las posibilidades de salvación desde, evidentemente, un pensamiento fantasioso.

Márquez detalla que es una historia muy adelantada al momento histórico en que fue escrita, y a pesar de jugar con la fantasía, es muy explícita la idea de la mujer en peligro: “Carrington se adelantó mucho al tema del feminicidio, esta obra la escribe antes de que se celebre el primer año Internacional de la Mujer en 1975, y es sorprendente su visión sobre el tema”, apunta sobre el montaje en el que participan diez actores recién egresados de la Escuela Nacional de Teatro.

Del guión original, el director tomó sólo cuatro momentos escénicos que suman 15 minutos de espectáculo. Su apuesta no es tener al espectador sentado, sino llevarlo literalmente al mundo onírico de la pintora. Entonces se propone un recorrido por el jardín del MAM, donde se desarrollan los cuatro actos. Una caminata por el bosque guiada por pajarracos.

“Es un paseo breve que sirve como un coqueteo del surrealismo para que el público se interese, lo cierto es que en el trayecto se descubren cosas que luego se pueden mirar en la exposición que está en el museo. En la obra de teatro vemos todas sus obsesiones sobre los pájaros, los médicos, los brujos, los calderos, todas sus obsesiones están en el paseo surrealista”.

Aunque se sabía de la obra, el guión original se recuperó después de cuatro décadas, junto con los bocetos de las máscaras y los vestuarios que insertan al espectador en un ambiente mitológico, donde hay también referencias a Hitler y a Mussolini.

Sonia Ávila

Leave a Reply

Your email address will not be published.