Palabras huecas

Por Dolia Estévez

 

 

El mensaje a la nación de Enrique Peña Nieto en el que ofreció una respuesta supuestamente digna a los flamígeros insultos de Donald Trump es una farsa. Fue idea del funcionario que ha capitulado sistemáticamente ante el bully del norte con tal de salvar al TLCAN y su relación privilegiada con el yerno. Es muy probable que la letanía de Peña hasta haya sido palomeada por Jared Kushner en su encuentro con Luis Videgaray un día antes en Washington. Según la SRE, la reunión fue “para dar seguimiento a temas clave” (comunicado 083, 4 de abril). Uno de esos “temas clave” fue precisamente explicarle al yerno que Peña no podía quedarse callado ante la furia tuitera de su suegro contra México y los mexicanos. No es nuevo que Washington tolere la retórica antiestadounidense de sus súbditos. Lo ha hecho en el pasado siempre y cuando fuera para consumo interno de los mexicanos. Durante la Guerra Fría consentía que el gobierno usara a Estados Unidos como piñata para mantener a la izquierda bajo control y a Cuba bajo su regazo. Casi siempre las criticas (reales o virtuales) iban dirigidas a agencias estadounidenses, siendo la CIA la favorita, o al imperialismo en términos genéricos. Con todo, no hay registro de presidente mexicano que haya reprochado públicamente a su homólogo estadounidense en tiempos de paz; tampoco lo hay de un presidente estadounidense contemporáneo que haya vomitado tanta basura contra México. Hasta la llegada de Trump, el trato entre mandatarios se había conducido dentro de la civilidad, evitando exabruptos públicos que contaminaran la relación. En 1972, por ejemplo, antes de su discurso ante el Congreso de Estados Unidos, Luis Echeverría informó personalmente a Richard Nixon que “estaría un poco bravo” y que “no sería un discurso diplomático” debido al pleito de la salinidad en que estaban enfrascados. Con un lacónico “good”, Nixon dio luz verde (transcripción de la conversación que sostuvieron el 15 de junio, 1972). El mensaje de Peña–que absurdamente levantó elogios de una parte de la comentocracia y de los candidatos presidenciales—tuvo poco que ver con Trump. Su objetivo fue incitar el antiyanquismo que todo mexicano lleva en su ADN para tratar de darle oxigeno a José Meade en un contexto en el que el candidato oficial no da color. Peña no tiene nada que perder jugando la carta anti Trump. Va de salida. El ansiado encuentro en la emblemática Oficina Oval, por la que apostó el canciller desde el primer día, no se dará. Tan falso fue el reproche peñista que, contrario a lo que dictan los códigos diplomáticos en caso de agravio público entre naciones, México no envió nota de protesta al Departamento de Estado, tampoco retiró al embajador de México en Washington, mucho menos suspendió aspectos en la cooperación en materia de seguridad que enfadaran a Estados Unidos. Peña aparentó querer ir más allá de las palabras instruyendo al gabinete a realizar una evaluación de la cooperación que cada entidad tenga vigente con Estados Unidos presuntamente para sopesar tomar algún tipo de represalia. En el mismo tenor, Videgaray llamó a consulta a la saliente embajadora de Estados Unidos en México. Una medida estéril. La diplomática no sólo tiene los días de su gestión contados sino no comulga con las políticas de Trump y, como quedó demostrado cuando fue excluida de la comitiva que acompañó a Kushner en sus recientes entrevistas en México, carece de interlocución en la Casa Blanca. Las únicas acciones que tomó Peña ante la embestida fueron en forma de concesiones. México disolvió la caravana de migrantes centroamericanos que pasaba por el país rumbo al norte como demandó Trump. Además, endureció los operativos para cerrar el paso a los centroamericanos en Chiapas. El desfase entre la retórica y lo hechos tuvo consecuencias negativas para México. Horas después del mensaje, Trump anunció el envío de hasta 4 mil efectivos de la Guardia Nacional a la frontera. La Casa Blanco dijo que Trump no habló con Peña previo al anuncio. Trump tiene medido a Peña. Sabe que es material maleable. Se dio cuenta desde febrero del año pasado cuando balbuceó ante sus insultos contra las fuerzas armadas mexicanas. Es cierto, Peña se ha negado a decir públicamente que México pagará por el muro fronterizo, lo que ha derivado en choques verbales que a su vez han llevado a la cancelación de dos reuniones en Washington. Sin embargo, los gobernantes son lo que hacen, no lo que dicen. Si sus palabras no van acompañadas de acciones, entonces no dicen nada. Imposible creer a alguien lo que dice cuando su comportamiento es incompatible con sus palabras. Peña no estableció las reglas del juego desde el primer cañonazo que lanzó Trump en el verano de 2016. No frenó en seco el deporte favorito de Trump. No se puso bravo, como simuló la semana pasada. Es demasiado tarde. Su pasividad y política de apaciguamiento han fracasado. Ha sido pisoteado demasiadas veces. Su “nada, ni nadie está por encima de la dignidad de México” son palabras huecas. Sin credibilidad. ¿Quién va a respetar a un mandatario que se ha comportado como siervo a lo largo de dos años? Trump sólo respeta a quien se hace respetar. Le vale lo que diga Peña.

 

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