Sabines y la muerte

Imagen tomada de la página: ortografiainfinita.com

 

 

Aldo Fulcanelli

Algo sobre la muerte del Mayor Sabines, es un poema escrito por el poeta chiapaneco Jaime Sabines (1926-1999), concebido en su mente a partir de mayo de 1961, fecha en que a su padre; a quien dedica el poema, le fue detectado un tumor canceroso en el pulmón, mismo que al final le llevo a sufrir una penosa agonía cuyas circunstancias, Jaime Sabines recoge en dicho ejercicio literario.

Por su libertad de ritmo, la estructura del poema de Sabines navega entre el verso libre, el soneto y la letanía construidos en dos partes, la primera de las cuales comenzó a desarrollarse en la cabeza del autor desde el momento del diagnostico médico, hasta la muerte, permaneciendo inamovible luego de tres años posteriores al hecho, donde el poeta; sufrió una especie de crisis sensorial que le impidió escribir con soltura, solo hasta tiempo después que logra construir la segunda parte final, de tan emotivo texto.

En Algo sobre la muerte del Mayor Sabines, el poeta creó su más poderosa obra, la cual aparece dotada de una castidad única que parece irse desgranando al ritmo de los contradictorios sentimientos de quien ve apagarse lentamente la vida de un ser querido, torturado por los efectos de una avasallante enfermedad que ahoga el aliento y la vitalidad de quien la padece hasta la extinción definitiva de su cuerpo; no así de las elucubraciones existenciales del deudo Sabines, quien ahoga las penas entre las letras de una creación que tiene el poder de un gigantesco, enriquecido por el efecto del delirio postraumático, el cual recoge su negación ante la pérdida, hasta abordar la asimilación del cáncer como una enfermedad que germina frutos infestados de dolor, también la metafísica aceptación de la ininteligible muerte de otro, que paradójicamente gravita en el caótico acontecer del devenir de la contradictoria vida humana, a la que trastoca por siempre otorgando heridas indelebles.

El arte poética de Jaime Sabines, sintetizada en este hondo poema, es el resultado a veces delirante, hosco, rudo y oscuro de una potente interpelación acerca del dolor que la muerte produce en quienes sobreviven frente a ella, en este caso, representados por el autor que valientemente ha decidido abandonar la sala de espera hospitalaria o los rezos que no dejan de ser paliativos para sumergirse en un viaje a las profundidades del espacio interior, ahí donde se libra una contienda entre la fe, la furia que procede de la negación, también el duelo que se origina al interior de una pérdida que comienza a florecer en una colisión dubitativa entre el ser y el deber ser, donde lo políticamente correcto, ha sido extirpado como el tumor canceroso que arrebató la vida del Mayor Sabines, y al igual que esta malformación inesperada, hace metástasis al interior del discernimiento del poeta que se ampara en la clarividencia para otorgarle ritmo al proceso de extinción que inicia en el diagnóstico médico, las horas agónicas en el hospital donde las enfermeras, metafóricamente se aparecen vestidas con la blancura de los ángeles, mientras los huesos del padre del poeta son oprimidos por una espiral de dolor que luce infinita ante el paso de las horas.

Las horas interminables arrebatadas al reloj de un tiempo que se desdobla trágicamente mientras la vida se apaga, y bien pudiera sonar de fondo la Sexta Sinfonía Patética de Tchaikovski, que con sus trompas, percusiones y violines, anuncia la lenta implosión de los latidos del corazón.

La exhalación donde el aire de la vida abandona al cuerpo mientras el compás acoge a los silencios que también son música, hasta el desenlace final, que es nuevamente el comienzo de las reflexiones de Jaime Sabines, esta vez generando desde la luminosidad de su pensamiento una proyección literaria del finado a partir de sus objetos familiares, los afectos, la cama vacía, el aire punzante del que espera a la muerte luego del desahucio, las jeringas, los medicamentos o el aire tóxico que inunda los pasillos donde la angustia se desdobla junto al sonido de los tambores que rebota en los blancos paredones de los nosocomios y la vida se va, heredando al deudo un montón de recuerdos que se petrifican como esfinges junto a la terca memoria, esa memoria densa, esa memoria sedentaria de la que hablara Marcel Proust, la misma que contiene entre los recuerdos sepia la vitalidad de una más que ensoñada infancia.

Sabines continúa su descenso hacia los apretujados rincones por donde nadie, por donde casi nadie quiere caminar, pero él acepta la invitación al baile de Tánatos, en su recorrer por las galerías del subconsciente le acompaña la visión estoica del padre ejemplar a quien compara con un cedro del Líbano, el poderoso roble que cubre su vitalidad con ramificaciones, pero la mueca horrenda del cáncer le convida a continuar por los rincones donde abundan las piedras, la oscuridad o los charcos por donde rebota el rítmico sonido del torrente sanguíneo, la pulsión de la vida que renace en los animales, las plantas y la natura que no detienen su paso, todo sigue, todo está ahí “como tú lo dejaste”, “como tú lo dejaste y no habrías querido” abunda lacónico el poeta, esperan los cumpleaños o las celebraciones cotidianas ya sin el padre amado, el padre todo presente que inicio la prolongada ausencia a partir de que la sangre expulsada anunciara por vez primera el inicio de un calvario adosado tristemente por los tanques de oxigeno, el paso de las horas que se extienden entre los estertores del enfermo, pero también el recuerdo del abrazo y las manos proveedoras de aquel padre hoy descompuesto sobre una cama que se hunde sobre una tierra que ya pronto, lentamente se abrirá para recibir aquel despojo que servirá como el abono al devenir insólito de la putrefacción.

Insólito sí, frente a la promesa de la vida que grita en la garganta de los pájaros, los bueyes en el campo, la flor que se desdobla para darse a luz frente al contraste de un cuerpo que se hunde en los huesos hasta su extinción desde la tierra y más abajo, hasta allá se sumerge el pensamiento del poeta para acompañar al padre incluso en el proceso de la corrupción del cuerpo, donde paradójicamente la vida sigue desdoblándose ante la insoportable ausencia del ser querido, entre los gases y las burbujas, entre las propias semillas que retoñan para darse como frutos que la mano del hijo adolorido ya no puede entregarle al ser amado, acaso únicamente a través del pensamiento.

Como un moderno Virgilio, Sabines atraviesa sin miedo las catacumbas de la muerte, interrumpe el sonido grave de su otredad con sabor a nada, a silencio, la nada le devuelve las preguntas formuladas desde el pathos con el sabor a más preguntas sin respuesta humana, el sonido largo de un tétrico fagot pare escucharse desde los rotundos pasillos donde la mirada ya no alcanza a ver, pero si lo hace Jaime Sabines con su visión de poeta vidente, al que la adversidad ha entregado el caro don de leer el rostro de la muerte, Sabines atraviesa por las sendas donde los mausoleos se entronizan en los rincones, en los rincones que nadie quiere contemplar, se detiene a proclamar “que le sobra el aire”, alardea su negativa a ser un seguidor de los lloriqueos o los golpes de pecho, niega las lagrimas y se echa a llorar largamente, mientras increpa a Dios desde la armadura de una metáfora concebida no tanto para el desahogo, como para la supervivencia en un mundo tan desigual como aquel tumor maligno; para Sabines, Dios aparece como una magnánima figura de insolente pulsión vital ante el oscuro proceder del cáncer asesino:

 

Viene Dios, el manco de cien manos,

ciego de tantos ojos,

dulcísimo, impotente.

(Omniausente, lleno de amor,

el viejo sordo, sin hijos,

derrama su corazón en la copa de su vientre.)

 

Para el valiente poeta no existen temas intocables, tunde a sus letras de un coraje que se expande estoicamente, no culpa a Dios ni a los hombres, ni siquiera a la vida misma, todo su texto es en sí mismo un testimonio saturado de reflexiones que por su belleza reivindican el dolor de existir, un testimonio hermoso que conforme avanza en sus letras de impredecible cadencia, otorga voz a los heraldos de la tragedia, pero también concede a su creación el olor fúnebre del incienso, los sábanas blancas de la mortaja que se recompone en la palabra, cuando no estamos muriendo hablamos, existimos o pretendemos que existimos en medio de un mar de sonrisas autocomplacientes, lo entiende Sabines preso de la borrachera feroz que supone el proceso de la pérdida, y que logra lo que la ciencia no puede; retener en su abstracción al cáncer retándolo en la métrica de sus profundas letras:

 

Vamos a hablar del Príncipe Cáncer,

Señor de los Pulmones, Varón de la Próstata,

que se divierte arrojando dardos

a los ovarios tersos, a las vaginas mustias,

a las ingles multitudinarias.

Mi padre tiene el ganglio más hermoso del cáncer

en la raíz del cuello, sobre la subclavia,

tubérculo del bueno de Dios,

ampolleta de la buena muerte,

y yo mando a la chingada a todos los soles del mundo.

El Señor Cáncer, El Señor Pendejo,

es sólo un instrumento en las manos obscuras

de los dulces personajes que hacen la vida.

 

¡Maldito el que crea que esto es un poema! Grita  Sabines con la voz en cuello de quien al ritmo pulsante del corazón exorciza a sus demonios interiores, cuando el delirio por la muerte del padre satura a sus letras de un inevitable sabor a demencia cuando clamando:

 

Te enterramos ayer.

Ayer te enterramos.

Te echamos tierra ayer.

Quedaste en la tierra ayer.

Estás rodeado de tierra

desde ayer.

Arriba y abajo y a los lados

por tus pies y por tu cabeza

está la tierra desde ayer.

Te metimos en la tierra,

te tapamos con tierra ayer.

Perteneces a la tierra

desde ayer.

Ayer te enterramos

en la tierra, ayer.

 

El ritmo se erige a través de las figuras literarias repetitivas a la manera de un llamado a la oración islámica, el dolorido clamor de un cante hondo que se expande desde el eco de las capillas donde las plañideras ruegan en plegaria conjunta por dulce acogimiento del alma; en su galopante viaje a las profundidades del silencio.

 

Debajo del réquiem aeternam dona eis domine, nace una novísima letanía cuyo poder emerge de la desolación que produce el desapego forzado que la muerte otorga al deudo, es una afirmación que gravita levemente entre el coraje, la impotencia, y la certeza de quien sufre en carne propia las encrucijadas interiores del egocentrismo humano, el que rivaliza por instinto contra el memento mori que es una declaración inamovible de que el tiempo de fallecer ha llegado, que la muerte ha alzado su brazo derecho bajo el negro manto de lo que ya no vemos tocando los fatales acordes de su trompeta, y el hombre, el hombre siempre un intruso frente a la extinción del otro se haya de pie, ciego, sordo, mudo frente al acantilado que representa su ignorancia frente a lo que ya no puede concebir, ciego nuevamente frente al todopoderoso y silente biombo negro sobre el que ya nada brilla, sobre el que ya nada refulge con el poder de una epidermis que se humedece todavía frente al calor de la vida.

Esa letanía, es a su vez una muestra entrañable, casi lúdica de un Sabines que reconoce su ignorancia frente a una brecha oscura salpicada de dudas, pero también una muestra de la suspicacia humana, que aún en el momento final se revuelca en la incredulidad y a la manera de Santo Tomás, prefiere “ver para creer” antes de resignarse a la aceptación de la otredad de un mundo absorto que apenas se recompone frente a las dudas existenciales, y sobre el cual nada sabemos; el misterio de la muerte, una letanía erigida como una torre de babel en medio de una jungla donde la pulsación de la vida, se defiende acremente con las armas (insuficientes) del discernimiento:

 

No podrás morir.

Debajo de la tierra

no podrás morir.

Sin agua y sin aire

no podrás morir.

Sin azúcar, sin leche,

sin frijoles, sin carne,

sin harina, sin higos,

no podrás morir.

Sin mujer y sin hijos

no podrás morir.

Debajo de la vida

no podrás morir.

En tu tanque de tierra

No podrás morir.

En tu caja de muerto

no podrás morir.

En tus venas sin sangre

no podrás morir.

En tu pecho vacío

no podrás morir.

En tu boca sin fuego

no podrás morir.

En tus ojos sin nadie

no podrás morir.

En tu carne sin llanto

no podrás morir.

No podrás morir.

No podrás morir.

No podrás morir.

Enterramos tu traje,

tus zapatos, el cáncer;

no podrás morir.

Tu silencio enterramos.

Tu cuerpo con candados.

Tus canas finas,

tu dolor clausurado.

No podrás morir.

 

Jaime Sabines construye un puente filosófico entre la muerte y el parto, donde el objeto de vinculación es el padre recién fallecido a quien logra vislumbrar como el producto más elaborado, del hasta ahora irresuelto misterio de la vida, que paradójicamente, alcanza su plenitud absoluta a partir de la extinción del cuerpo; mas la nobleza del deudo Sabines no es suficiente para resignarse ante la desaparición definitiva, aquella cuyo dolor rebasa al cuerpo, aquella que ahonda en el ser como un cuchillo galáctico que no se detiene entre la carne, lo afirma el mismo cuando escribe:

 

Recién parido en el lecho de la muerte,

criatura de la paz, inmóvil, tierno,

recién niño del sol de rostro negro,

arrullado en la cuna del silencio,

mamando obscuridad, boca vacía,

ojo apagado, corazón desierto.

Pulmón sin aire, niño mío, viejo,

cielo enterrado y manantial aéreo

voy a volverme un llanto subterráneo

para echarte mis ojos en tu pecho.

 

Con los fragmentos del aciago dolor entre los dedos, como girones que cercenan sus manos lentamente, Sabines se convierte en un testigo privilegiado, aunque la muerte cerró su puerta negra ante su rostro, el poeta se ha convertido en un ser translúcido que refleja la extraña luminosidad del que ha sido tocado por el pathos, ese vampiro catártico que mora en la piel de los humanos. Sabines alza la voz como un juglar, su testimonio a la manera de recitaciones, afirmaciones de lo que recogió su mirada en el magro valle de los caídos, nos ha traído el aire frio de quien ha percibido el aroma de la muerte, el que corrió detrás de ella para testimoniar su paso rotundo y a la vez altivo. El entrañable profeta que cierra sus ojos con los que se van, y los abre con la novedad del feto que llora atravesado por la fuerza del oxígeno, ha descubierto que en su pequeñez, el hombre resguarda sin saberlo su mejor tesoro, la capacidad de rendirse ante la grandeza de la vida:

 

Morir es encenderse bocabajo

hacia el humo y el hueso y la caliza

y hacerse tierra y tierra con trabajo.

Apagarse es morir, lento y aprisa,

tomar la eternidad como a destajo

y repartir el alma en la ceniza.

 

♠Paréntesis

 

 

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