“Paisaje”. Pintura: Tomás Calvillo Unna

Nuestra experiencia de vida asemeja una ladera.
Vivimos en un solo plano, en un costado, en un lado.
No vemos el volumen de las cosas. Somos solo perfiles.
Nuestros argumentos, están sometidos a esa perspectiva plana de la vida.
En política es más que obvio, es la cultura de las laderas, nos convertimos en parte de ellas y quedamos adheridos a sus pliegues hasta erosionarnos juntos.
Es más fácil así, reducir la realidad a uno de sus lados nos permite sentirnos más seguros.

La ladera es nuestro horizonte, por eso ignoramos la naturaleza infinita del espacio, de sus distancias y cercanías, que solo existen en nuestro pensamiento, pero que evitamos experimentar en su sentido profundo.

La política en México ha estado constreñida a descalificar e ignorar la compleja y enriquecedora realidad; los volúmenes que esculpen continuamente lugares y conforman una dinámica creativa que permite respirar e inspirar los cambios propios de nuestra naturaleza.

Es un tema de conciencia, de saber mirar, más allá de nuestros temores, fobias y limitaciones que encierran nuestro mundo y lo constriñen a una solo dimensión, más próxima al subconsciente que expresa el paisaje donde nos aferramos a nuestras fobias.

Unidimensional, esquemático, superficial, son vocablos de la misma familia psicológica que alimenta nuestra atmósfera lingüística. Pulsaciones no razones, solo hay que leer las noticias, para advertir la enajenación colectiva en esta temporada electoral.

Mercadotecnia y engaños tecnológicos que tratan de ocultar los grandes problemas nacionales parafraseando a Andrés Molina Enríquez.

Problemas del presente, que necesariamente nos deben desplazar a todos de la zona de confort, si es que realmente pretendemos resolverlos.