Una charla con Monsiváis

Imagen tomada de la página: Animal Político

 

Aldo Fulcanelli

Entre recortes de periódicos, incunables, colecciones imposibles, gatos y visitas inesperadas, brota Carlos Monsiváis desde la profundidad de una biblioteca concebida como estancia. Como si se tratara de un exorcismo a la inmovilidad, su sola presencia enciende el espacio vital a partir del momento en que su voz profunda, de un grave matiz que acaricia sensualmente los sentidos del escucha, comienza dibujando a los otros, a sí mismo desde la perplejidad del que se concibe con las palabras a partir del sarcasmo, la observación acuciosa, también la mirada que huyó de los moralismos para refugiarse en el placer de la descripción, un pintor lingüístico de las cosas inasibles que parecen transcurrir inadvertidas de no ser por Monsiváis, el cronista que se detuvo a mirar al México de los tendederos en las azoteas, de la gran urbe que de territorio urbano se convirtió en una gigantesca arteria que a nadie, o a casi nadie le concede el derecho a la individualidad, si el derecho a la heredad cotidiana del anonimato que se multiplica entre el sonido de los cláxones y los improperios con sabor chilango que se conceden los transeúntes, adversarios todos, cuando se disputan su pedazo de ciudad.

Al escucharlo, todo alrededor comienza a oscurecerse, habla del México real y del irreal, del México impostado de las argucias posrevolucionarias, el México de las tehuanas, los tocados folclóricos, o las estatuas de Benito Juárez que denuncian el fracaso de las posturas mesiánicas, o la cultura de la conmemoración, esta última, como la caricatura de un chiste cruel donde un campesino le extiende la mano a un gobernante, y este en contraprestación, le devuelve dizque aleccionadores discursos que salpican la dura realidad de autocomplacientes serpentinas tricolores.

Habla de la descripción nacionalista del “pueblo”, utilizada hasta la saciedad primero como un argumento en la búsqueda de la justicia social desde la Revolución Mexicana, y luego, como una palabra más que desvirtuada desde la machacona retórica del institucionalismo garrafal. Reflexiona sin benevolencia, pero cuidando en no convertirse en pontificador, tampoco en abusador del intelectualismo, jamás un fariseo rasgando las vestiduras en cadena nacional, siempre al amparo de la libertad, la lengua española, siempre la semántica mas deliciosa, como un arma para romper todos los yugos, la expresión oral como linterna que ilumina, todavía; la disidencia más auténtica.

Cada palabra es un breve compendio, el mantra que conduce a un mandala, supo Monsiváis, sabe Monsiváis que la semántica es una construcción cultural, emotiva, sensorial que emana del lenguaje, que las palabras son armas que complacen al oído o de plano lo cercenan, que la crisis del idioma parte del alejamiento de lo poético, entendiendo lo poético como la reacción de las palabras frente a las imágenes o viceversa, la ausencia de la búsqueda, del ejercicio catártico que envuelve la metáfora, esa misma crisis como el resultado final, o uno de los muchos resultados “de querer ser como otros, sin asumir lo propio”.

Sin quererlo o tal vez queriéndolo, habla del fenecimiento de la lengua española o más bien de la agonía del uso “creativo” de esta misma, comparando al proceso con la frigidez, cuando esa misma lengua sobrevive apenas bajo un mar de modismos carentes de una verdadera significación, palabras que dejan de decirse, para rumiar repetitivamente a otras, una sola hasta la saciedad, la misma saciedad que probablemente precipite desde aquella frigidez intelectual al idioma hasta su expiración, o su metamorfosis hacia la hibridez.

La humanidad de Monsiváis se palpa desde aquel pequeño cuerpo que alcanza la exaltación en el momento en que se desenvuelve desde el centro de su voz, como un engrane envuelto en carne y hueso, un engrane que se enciende desde la libertad de las ideas que no conciben ni por asomo al prejuicio, que escapan de lo fatuo sin conseguirlo siempre, frente a una sociedad que no deja de sacralizar al intelectual como a una vaca sagrada que muchas veces se levanta del piso, pero como si lo supiera, lo sabe lo supo Monsiváis, no acepta la adulación, en un gesto, en una palabra planta distancia del interlocutor, cuando este lo aproxima a los peligrosos senderos de la autocomplacencia barata, todo menos eso, no (de nuevo) desde el centro de las ideas, aquellas que según el propio Monsiváis encarnan las palabras como la muestra de la existencia (de haberlo) de dios, y que son las construcciones donde yace el acontecer emotivo de las naciones, las palabras que han soportado la inconsecuencia de los siglos apenas inmutándose, contrayéndose ante el uso, la costumbre, o la tergiversación.

El cronista no por la heredad de Artemio del Valle Arizpe o Salvador Novo, sino por el derecho de consciencia que otorga el transcurrir sin fenecer por las a veces accidentadas vías de la ciudad, el saludo de las marchantas en los tianguis, la absolución de los rateros de la barriada que lo indultaron, que continúan indultándolo cuando aún lo miran caminar ya como un encorvado fantasma, que utiliza a las palabras como artefactos para acceder a la libertad del pensamiento. enfundado en la chamarra azul de siempre, Monsiváis se desploma sobre un sillón que nada tiene de señorial, si de cómodo, alejado totalmente de los blancos divanes que el establishment ha dispuesto para los intelectuales a cambio de su silencio, o mejor dicho, a cambio de enaltecer las acciones de gobierno, exaltando en la fatuidad de un lenguaje (rebuscado) al paternalismo nacionalista, algo como vestir de lentejuelas a los batracios, una tarea que Monsiváis evadió, siempre al amparo de una crítica tan puntual como certera.

Habla de su pasión por el cine, su terror a la miseria de otros, su alergia a la desigualdad, evade por corrección hablar de su activismo a favor de los derechos de los homosexuales, su afición por ayudar más allá del filantropismo, pensar en otros, trasladar los otros a sus letras para darle voz a esos desprotegidos, a los que el derecho a ejercer la voz les ha sido intercambiada por un sinfín de despojos.

Evade hablar de sus cualidades por aquello de que “alabanza en boca propia es vituperio”, pero sus cualidades saltan al oído y a la mirada, cuando dibuja escenarios con la sonoridad de sus palabras, retrotrayendo a la historia como un partero que extrae al feto de la matriz del pensamiento.

El feto es la palabra que alumbra, pero también la que provoca, la que desconcierta o es el vinculo para la generación de charlas que ya no dependerán de las horas o los convencionalismos sociales, lejos del qué dirán o el chisme que dijera el propio Monsiváis: “cercena la espiritualidad”, el reflejo del México ido transcurrirá como la cinta del celuloide sobre los lentes del cronista, y al fondo se escuchará el maullido de alguno de sus gatos que clama por atención,  miraremos entonces desde los rincones el polvo que se agiganta entre los tragaluces, mientras suena algún danzón olvidado. Sobre las innumerables cajas que contienen todas las ediciones de la revista: “Selecciones”, “Contenido”, “Siempre”, se amplificará el poder de una fauna sublime, Monsiváis ha soltado  a sus engendros alrededor nuestro, mientras le miramos como si fuera un “Mahatma” que nos invita a resistir el embate de los poderes financieros que reducen las opciones y masacran a las ciudades y su historia, aquel faquir de la palabra desata todas sus huestes incorpóreas, abordan la luz desde la profundidad de la caja de pandora que resulta la provocación en el lenguaje más selecto, selecto para su comprensión, elegido ese lenguaje para sellar la identidad de una nación, no para arrumbarla en un aparador a la manera de un suvenir, si para caracterizar una identidad que sobrevive,  incluso, se enriquece de los atavismos.

Su fe es la del uso del lenguaje, la de la inteligencia como aparato de comprensión simultáneo, el magisterio de las obras que considera capitales, las obras de Borges, Paz, Onetti, se complace en añadir que proviene de las minorías por origen y destino, no aprueba a los dogmaticos pero tampoco los rehúye, porque para Monsiváis el concepto de humanidad se fortalece con el diálogo entre los diferentes privilegiando la tolerancia, y en un sorprendente escarceo poético; agrega que nadie que se considere tolerante evadiría “el diálogo con los infieles”.

Conforme se olvida uno de los horas, Monsiváis se hunde en el sillón pariendo palabras, iluminando la soledad del individualismo con la sonoridad de un lenguaje divertido que se compara con la exquisitez de los placeres culinarios, sabe que las apariencias asaltan a la percepción con la prestancia de los demonios o las creaturas infrahumanas a la que atribuye el poder de originar el humor involuntario, en todo caso, según Monsiváis, uno de los grandes aportes de la malignidad es el poder de generar lo chusco, el humor que se enciende en un acontecer que al mismo tiempo crea una imagen, una emoción y un resultado que se desprende de un ritual espontáneo.

Cuando uno mira a Monsiváis, cuando uno mira su cuerpo, lo más inteligente es buscar a través de un close up, bajo el poder inmaterial de la mirada cinematográfica todos los Monsiváis que moran dentro de aquel breve cuerpo que se desplaza, se desplazó dando pequeños empellones en el aire, como sabiendo la injerencia del destino en su eterna necesidad de otorgarle palabras a las imágenes, y viceversa. Cuando uno mira su morena tez, el cabello blanco, la mirada o los rasgos que implosionan en el momento justo en que comienza a hablar, sus facciones se transforman en las palabras que dibuja frente a los oídos que se atreven escucharlo, y que se alejan de la conmemoración providencialmente a cada acento, abandonando toda apariencia siempre nimia.

Monsiváis se fue, se va, se extingue físicamente y se renueva siempre otra vez desde sus letras advirtiendo la amenaza del nuevo fundamentalismo, enquistado en la posición de “tolerar a los intolerantes”, también la inacción de una sociedad civil insabora, “que no se adhiere a ninguna posición política”, concibiendo a la parálisis ideológica como una herencia perniciosa que se extiende peligrosamente. Se fue aquella entidad, aquella piel de musgo que creció como los ajolotes bajo los estanques, por quien sabe que misteriosos designios. El polimata conversador esencialmente literato, el que ejerció lejos de la moralina, sobre todo la ética más elevada, o la más cercana a la exaltación.

La ética por el respeto a la palabra escrita y hablada, la ética desde el acento preciso de su pronunciación, la ética desde la escritura en el periodismo, la crónica, el ensayo, la conversación que se parece a una tauromaquia salpicada de rituales, pero igualmente, a la proliferación estrepitosa de los rounds en el boxeo, un toma y da, un estira y afloja, un chapó que no termina de celebrarse ante cada gigantesca reflexión humana. El gigante Monsiváis se extinguió muy lentamente como las velas, se fue su cuerpo, pero su voz de advertencia que hoy huele a sombras nos sobrevive, sus gatos aun lo advierten desde los rincones ocultos, por donde hoy gobiernan ya los ecos.

♠Paréntesis

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