Rubén Bonifaz Nuño (1923-2013); ‘Nos Falta su ejemplo’

Virginia Bautista

 

 

Los recuerdos, la amistad y el agradecimiento, como antídoto contra el olvido. El poeta, investigador y traductor de los clásicos griegos y latinos Rubén Bonifaz Nuño (1923-2013) no debe ser olvidado, su obra debe seguir enamorando a los jóvenes y guiando a los futuros escritores.

En esto coinciden los poetas Hernán Lavín Cerda y Bernardo Ruiz y la promotora cultural Rosario Casco, quienes, de cara al quinto aniversario luctuoso del Premio Nacional de Ciencias y Artes 1974, que se conmemora el próximo miércoles 31 de enero, evocan la alegría, la generosidad y la sabiduría del mejor traductor al español de La Ilíada de Homero.

“No podemos olvidarlo. En este país con tantos problemas, y con el ánimo caído que tenemos, necesitamos el ejemplo de personalidades como la suya, sobre todo para los jóvenes. En el sentido de la honestidad era un hombre total”, comenta en entrevista Lavín Cerda, discípulo y amigo del doctor en Arte y Cultura Clásica.

“Además de su gran sabiduría, era muy generoso. Ayudaba a quien podía. Yo fui uno de los escritores que apoyó. Me abrió muchas puertas. Me motivó mucho su obra”, confiesa quien durante los 40 años que fue profesor de la UNAM visitó a don Rubén en la oficina que tenía en la Biblioteca Central, “donde las puertas estaban abiertas para todos”.

El también narrador chileno describe que el veracruzano, que estudió Derecho en la UNAM, entre 1940 y 1947, “aun siendo un gran académico, era modesto, no tenía presunción. Publicó dos de mis libros en la UNAM. Uno, La felicidad y otras complicaciones (1988), tiene un prólogo suyo titulado Lo posible y lo imposible”.

Comparte que una vez le dijo “usted es muy buen poeta, puede darse el lujo, le funciona bien, trabajar el verso libre. Yo no puedo. Tengo que usar sólo endecasílabos, ahí encuentro la libertad”. Agrega que esa era su forma de motivar, “contundente”.

Lavín lamenta, junto con Rosario Casco, que a cinco años de su muerte no se le haya hecho el homenaje nacional que merece el autor de los poemarios La muerte del ángel (1945) y Calacas (2003), el primero y el último que publicó; quien, a pesar de que había perdido la vista, seguía asesorando tesis, publicando libros y traduciendo del griego y el latín.

El Estado le debe un gran homenaje. Está olvidado, sin reconocimiento oficial. Ojalá le hagan algo”, comenta Casco, directora de la Fundación René Avilés Fabila, que resguarda cinco primeras ediciones de los libros de Bonifaz Nuño, dedicados por él, el original de un mecanuscrito y diversos objetos personales, que formarían parte del Museo del Escritor, proyecto detenido por falta de apoyo.

Merece el homenaje nacional más que muchos. Evidentemente se lo deben. Pero no sé si decir que es el Estado, pues como tal no existe, son las personas, los encargados de la cultura. Siempre vamos a estar en deuda con el gran maestro”, remata Lavín Cerda.

Para el escritor Bernardo Ruiz, otro de los amigos de don Rubén y uno de sus alumnos informales, el mejor homenaje es que su obra se lea. “Puede haber países ingratos o gratos, depende de las simpatías de los funcionarios. Lo importante es que esté vivo en las letras, que se contagie su pasión y su inteligencia”.

Por esta razón, en coedición con la UAM, publicará La flama en el tiempo, “un libro colectivo que rescata la opinión de sus amigos y que dará una idea clara del mundo bonifaciano”, detalla.

El volumen reúne textos de Eduardo Lizalde, Juan Ramón de la Fuente, Vicente Quirarte, Marco Antonio Campos y Josefina Estrada, entre otros. “Es un título coloquial, cálido, no académico, no voluminoso. Nos interesa mantener presente la trayectoria y el trabajo de don Rubén, porque es alguien que está vigente, que sigue teniendo lectores y admiradores, sus alumnos lo recuerdan”, dice.

El libro se presentará el 2 de marzo en la 39 Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, y el 24 de abril en el Centro Cultural Mexiquense Bicentenario.

EL LEGADO

 

Rubén Bonifaz, quien el próximo 12 de noviembre cumpliría 95 años, dejó a los mexicanos, además de sus 18 poemarios, siete títulos de traducciones, realizadas entre 1973 y 2008, de autores latinos y griegos como Virgilio, Ovidio, Lucrecio, Píndaro, Eurípides y Homero.

Y, sobre la biblioteca del estudioso del Instituto de Investigaciones Históricas, creador de varios centros de estudios y miembro de la Junta de Gobierno de la UNAM, el poeta y filósofo Jaime Labastida destacó hace dos años la adquisición de la Academia Mexicana de la Lengua, que él preside, de unos ocho mil ejemplares de este acervo, en “magníficas condiciones”, entre los cuales encontraron un incunable: La Eneida, de Virgilio, hecha en Venecia en 1500 (Excélsior, 10/09/2015).

Sin embargo, esta colección podrá ser consultada por los interesados hasta que la Academia termine de construir su nueva sede y abra al público su biblioteca.

La fundación de René Avilés, fallecido en 2016, también resguarda los libros Fuego de pobres (1961), El ala del tigre (1969), La flama en el espejo (1971), As de oros(1981) y Calacas (2003); además del original mecanuscrito de Los demonios y los días, fechado en 1955, de 46 páginas.

Rosario Casco detalla que también albergan para el Museo del Escritor un reloj de oro de bolsillo, con su leontina, una moneda de oro y un chaleco dorado de don Rubén.

No ha habido apoyo para el proyecto del museo pero insistiré con la nueva administración del gobierno federal y con algunos estados”, dice. Un lugar donde sí se puede consultar la obra del poeta es El Colegio Nacional, al que Bonifaz Nuño ingresó en 1972 y cuya biblioteca, informa Patricia Jacobo, posee 239 registros, entre libros de su autoría y sobre él, ensayos, colaboraciones y videos.

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