Ella es Nadia Murad, una esclava sexual del Estado Islámico

 

Tampoco cree que haya nada de inocencia ni de inconsciencia en los jóvenes que hacen la maleta en Europa y se alistan voluntariamente con el ISIS en Siria. “La gente que se fue de aquí sabe a lo que iban. Hoy hay acceso a las redes sociales, hay mucha información y aún así van a unirse a sus filas”.

Le da también muchas vueltas en su cabeza al poderío económico de los terroristas. “Lo que me confunde es cómo consiguen tanto dinero, tantas armas, tanta munición. Esta es la pregunta que me ronda la cabeza. Es verdad que se les ha expulsado de Irak, pero en los lugares en los que todavía están bajo control, hacen con las mujeres lo mismo que hacían los primeros días del ISIS, cometiendo los mismos crímenes, vendiendo a las mujeres”.

Nadia logró escapar de su cautiverio de milagro. Un iraquí de Mosul se jugó el pellejo y la sacó enfundada en un niqab negro de la zona de influencia del ISIS. Más tarde, Nadia encontró refugio en Alemania, como otros cientos de miles de demandantes de asilo para los que la política de puertas abiertas de la canciller, Angela Merkel ha sido un salvavidas. Aquí vino gracias a un programa del Estado de Baden-Württemberg para víctimas supervivientes del ISIS. De la mano de su hermana, dejó atrás el campo de refugiados en el norte de Irak, en el que vivían en condiciones penosas y junto a otros mil supervivientes se instalaron en el sur de Alemania.

Y ahora desde Alemania, recorre el mundo con su relato debajo del brazo. Su caso lo defiende Amal Clooney, la conocida abogada defensora de derechos humanos, empeñada como ella en que el Estado Islámico pague ante la justicia por sus atrocidades. “Hay muchos supervivientes que pueden prestar testimonio. El propio ISIS presume en las redes sociales de lo que le hace a las yazidíes. Tenemos la esperanza de que la justicia es posible. Prueba de ello es que algunos países occidentales ya han reconocido el genocidio yazidí”, piensa Nadia.

Su lucha le ha hecho merecedora de premios internacionales, entre ellos el Sájarov a la libertad de conciencia y el Václav Havel de derechos humanos. Es además embajadora de Buena Voluntad de Naciones Unidas para la Dignidad de los Supervivientes de la Trata de Personas.

Aún así, esta joven menuda en ocasiones se desespera porque sabe que no es fácil y que la historia ha demostrado ser incapaz de frenar la violencia sexual como arma de guerra. “Hablo con muchos representantes de países. Todos dicen que lo intentan, pero no ha habido un esfuerzo real de acabar con el ISIS”. “Cuando estuvimos asediados en Kocho, hubo niños que murieron de hambre. Los yazidíes trataron de contactar con la gente que conocían en el extranjero, pero nadie nos salvó. Ahora, mujeres que han sido esclavas del ISIS durante años viven en campos de desplazados, en condiciones penosas. Lo países no hacen lo que ha hecho Alemania para acoger a supervivientes. No hay un esfuerzo real. Es una decepción”.

Cree además, que son los países árabes los que más podrían hacer, pero no hacen. “Si en las mezquitas se hablara de los crímenes del ISIS en el sermón del viernes y también en las universidades, puede que se evitara que más jóvenes se sumaran. Y tal vez si la frontera entre Siria e Irak estuviera estado totalmente cerrada, se habría evitado que los terroristas pudieran viajar de un país al otro”.

Nadia lucha porque no le queda más remedio y porque hasta ahora no ha sido capaz de imaginarse otra existencia. Pero lo que de verdad le gustaría es ser una persona normal. “Yo no quiero ser activista para siempre. No quiero tener que contar mi historia una y otra vez. Como otras chicas que han testificado, yo lo hecho y llevo haciéndolo un tiempo, pero quiero tener mi propia vida”. Algún día cuenta, le gustaría estudiar inglés y hacer un curso de maquillaje. En las fotos de antes de que el ISIS destrozara su vida. Nadia aparece muy maquillada. Una de sus aficiones era recortar fotos de novias con la cara bien pintada y guardarlas para poderlas mirar una y otra vez. Hoy Nadia acude a la entrevista con la cara lavada.

La grabadora se para y Nadia charla un poco más relajada. Ahora es ella la que pregunta algo que de verdad le preocupa. ¿Puede hacer algo por mi hermano? Tiene las piernas agujereadas por las balas del Estado Islámico y vive en Zakho, un campo de refugiados en el Kurdistán. En Alemania, los programas de reunificación familiar están congelados y en el resto de Europa tampoco le aceptan. “Igual Merkel escucha esta entrevista y le deja venir”, se esperanza. Su caso es la perfecta ilustración de las descomunales dificultades a las que se enfrentan los demandantes de asilo en Europa. Si Nadia, una de las refugiadas más conocidas del planeta, no es capaz de traer a su familia, no es difícil de imaginar la suerte de los demás.

Termina la entrevista y Nadia se relaja con el intérprete de kurdo, otro joven yazidí. Desparramados en el sofá, chateando con sus móviles. A primera vista, podrían parecer unos jóvenes cualquiera saltando de un vídeo de youtube a otro. No lo son.

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