El cine mexicano de horror

Imagen tomada de la página: Todo El Terror Del Mundo

 

Aldo Fulcanelli

 

El vampirismo, la locura, los pactos infernales y la presencia  de espectros cuya sola insinuación cuestiona el equilibrio del mundo real, frente al sobrenatural, son algunos de los temas favoritos que ha tocado el quehacer cinematográfico en nuestro país, con especial referencia al cine de horror.

En 1934 el director Fernando de Fuentes presentó la cinta: “El fantasma del convento”, obra que mezcla con gran verismo la añeja tradición de la historia de “espantos”, aderezada con la trama de un triangulo amoroso, toda la aventura inserta en un antiguo  y lúgubre convento, donde los protagonistas han de pasar la noche poniendo a prueba su resistencia, frente a un acontecer fantasmal que se abre lentamente como una caja de pandora.

Al mismo año corresponde “Dos monjes”, del director Juan Bustillo Oro, cinta donde la locura se entrevera con la religiosidad, creando un ambiente sórdido a partir de un contexto experimental y una muy aplaudida estética expresionista.

Dicha película, fue calificada por el artista francés André Bretón como un “un experimento audaz e insólito.” La embestida de la estética nacionalista, a través de cintas como: “Redes” (1934), de Fred Zinnemann y Emilio Gómez Muriel,  tal como “Allá en el rancho grande” (1936), del propio Fernando de Fuentes, sumergió al cine de horror propuesto por las dos películas mencionadas inicialmente, en un largo impasse, y si acaso existió algún esfuerzo por continuar gozando de las virtudes por explotar el portentoso abrevadero de leyendas sobre insepultos, o fantasmas sujetos a la condenación, estos esfuerzos fracasaron, cuando un grupo de artistas respaldados por el régimen de entonces, contemplaron al celuloide como un arma poderosa, que vendería a nuestra nación como un muy caro y suculento suvenir, desde las regiones machaconas del exacerbado melodrama con sabor folclórico.

Hubieron de transcurrir más de veinte largos años para que el director Fernando Méndez hiciera el milagro de revivir al cine de horror en nuestro país, con la película: “El vampiro” (1957), un poderoso viaje fílmico sustentado por el guionista Ramón Obón, la escenografía del artista Gunther Gerszo, así como la memorable banda sonora de Gustavo Cesar Carrión, sin dejar de mencionar la  fotografía esplendida de Rosalío Solano.

Lo anterior, aunado a un portentoso reparto encabezado por el actor de teatro Germán Robles, Carmen Montejo y Abel Salazar, sin dejar de mencionar a la actriz Alicia Montoya, veterana del arte escénico en nuestro país. Por el verismo que brota de una muy correcta ambientación, actuaciones formidables y escarceos técnicos que gravitan sobre un hilo conductor que enaltece el sabor funerario y la superstición, “El vampiro”, además de haberse convertido en un éxito en México, mereció el aplauso de la crítica internacional, amén de haber sido traducida a varios idiomas, y conservada igualmente como un incunable fílmico de gran valía en el acervo de los coleccionistas del género; una autentica obra de culto.

El éxito de la cinta de Fernando Méndez, mereció que este filmara la secuela titulada “El ataúd del vampiro” (1958),  tanto esta última como la primera, fueron loadas por el director y critico François Truffaut, quien acerca de ellas expresó: “son vistas como logrados ejemplos del cine de horror que abordan el mito del conde Drácula, sobre todo por la solvencia técnica y la efectiva adaptación de la historia al medio rural mexicano”.

El amor a la puntualidad en las imágenes, el rigor técnico,  así como  la pasión por ejercer a plenitud un género que exige lo mismo corrección que ausencia de prejuicios, llevaron a Méndez a manufacturar otros dos productos fílmicos de gran calidad, asimilados en la memoria visual del cine de terror, uno de ellos “Ladrón de cadáveres” (1957), película que mezcla atinadamente el melodrama con el thriller policíaco, este ultimo aderezado por el ambiente de la lucha libre, para rematar en una delirante trama que contempla la transformación de un luchador en un engendro diseñado por un científico loco, para desafiar a todas las leyes de la ciencia médica.

La siguiente pieza cinematográfica de Méndez, fue “Misterios de ultratumba” (1959), donde el Director reúne de nuevo al equipo de creativos conformado por Obón, Carrión y Gerszo, consiguiendo un delicioso aguafuerte, listo para halagar a los paladares más finos de los adoradores del género de horror, una  convincente trama que además de disponer de amplios recursos técnicos, y una ambientación espectral, permite al público regodearse con tópicos irresistibles tales como el espiritismo, los pactos post mortem, tal como una misteriosa alma en pena, que se pasea inquietante en los patios de una muy sórdida finca. “Misterios de ultratumba”, es una fina joya apreciada en el extranjero a la manera de los exóticos vinos que se disfrutan palmo a palmo, otra muestra del cine de culto de manufactura mexicana.

La fiebre desatada por el éxito de las cintas de Fernando Méndez,  provocó una oleada posterior de cintas que retoman el género de lo sobrenatural, con más o menos el mismo rigor, estas plantean al ocultismo como una puerta entreabierta sumergida en medio de la realidad urbana,  una inquietud que desafía al estado de cosas permanente.

Así tenemos por ejemplo:“Misterios de la magia negra” (1958), de Miguel M. Delgado, cuyo montaje y seriedad con que el tema es abordado por su director, merece una degustación más que premeditada, una cinta donde los rituales e invocaciones vibran en medio de una muy apetecible escenografía, que al final logran el efecto de intrigar al espectador. Un año antes, el director Rafael Portillo haría lo propio con “La momia azteca” (1957), en una trama mas echada a lo fantástico que otra cosa, que vino a retomar al viejo mito de las maldiciones ancestrales, desatadas por la profanación de lugares vedados.

Los años sesenta en nuestro país abrieron los ojos con el estreno de toda una pléyade de cintas del género de horror, algunas de las cuales por si fuera poco, obtuvieron un éxito fuera de serie, o bien, la patina del tiempo transformó en autenticas piezas de culto, que aún merecen el comentario de los amantes del género, tal es el caso de “El barón del terror” (1961) de Chano Urueta, película conocida ante el público de habla inglesa como “The Brainiac”, halagada por los amantes del género fantástico, cinta que sin embargo, no se detiene ante la perfección técnica, privilegiando una trama que aborda el surgimiento de un monstruo “devorador de cerebros”, traído a la vida por la ancestral afrenta emanada de una centenaria maldición. Independientemente de los “efectos especiales” poco convincentes, “El barón del terror”, cuenta con centenares de entusiastas seguidores de habla inglesa aun hoy día.

Mayor rigor técnico ofreció Urueta en la cinta “El espejo de la bruja” (1962), cuyo abrevadero visual y literario es nuevamente el ocultismo que se practica bajo las sombras de una lúgubre mansión, irresistible en una trama que lo mismo genera un piano que se toca solo, fantasmas y experimentos que desafían a la ciencia médica, mientras por otro lado, no cesan los conjuros diabólicos de una temeraria nigromante, interpretada con gran tino por la actriz Isabela Corona.

La fiebre vampírica extrajo de las mentes de los directores de la época (que no fueron Méndez), varios esfuerzos que lamentablemente no son dignos de nombrar, a caso únicamente como una referencia “de poca monta” dentro del acontecer fílmico  nacional, sin embargo, a pesar de algunos excesos visuales, destaca por ejemplo la cinta “El vampiro sangriento” (1962), de Miguel Morayta, la cual enmarca una historia rescatable en un ambiente plenamente gótico, todo ello bajo la presencia a todas luces siniestra de un vampiro visualmente aun más aterrador, interpretado por el actor español Carlos Agosti. La buena acogida de dicha cinta, amerito la infaltable secuela de nombre “La invasión de los vampiros”, del mismo realizador.

Las mandrágoras, los ritos para ahuyentar a los engendros insepultos que aman la oscuridad, el rechinar de los ataúdes, y el suculento sabor de la sangre humana, fueron parte de la parafernalia vampírica que nunca feneció del todo, en el posterior devenir del cine nacional, y que fuera posteriormente reubicado al interior  del cine fantástico, muy especialmente en el género de “luchadores”; pero esa es otra historia.

Fue el turno de los experimentados Directores, Benito Alazraki (“Espiritismo”, “Muñecos infernales”) y Rafael Baledón (“La maldición de la llorona, 1963) por ejemplo, quienes concibieron tramas oscuras, ideales para la crianza de muñecos que cobran vida ante conjuros de vudú, también aquellas donde se plantea en un tono muy serio, en el caso de Alazraki, si acaso el espiritismo es obra de la superstición o la charlatanería, o tal vez un fenómeno todavía insoldable para el género humano, incapaz este último, de rebasar las fronteras de lo prohibido, sin asomar su alma a las fronteras de la perdición.

Baledón por su parte, retoma la vieja leyenda ya presente en el México de la Nueva España, sobre la mujer que regresa cíclicamente desde el sepulcro, siempre en medio de desgarradores alaridos que alterarían aún al más equilibrado de los mortales. Baledón no escatima al concebir a un mozo deforme, además de otro misterioso engendro desdeñado por una fealdad que le condena al confinamiento eterno, coronando la cinta la presencia a todas luces inquietante de una Rita Macedo que luce de maravilla en su papel de adoradora del mal. Aunque los temas anteriormente descritos forman parte del reino de los estereotipos que pululan en el cine de terror, la presencia de actores de innegable peso histriónico, como Carlos López Moctezuma, o el propio Abel Salazar, fortalecen la cinta, alejándola de la vulgaridad que marcan los clichés.

En “Hasta el viento tiene miedo” (1967), el director Carlos Enrique Taboada disuelve la machacona trama de fantasmas clásica, al interior de una muy atinada historia que se desarrolla en un estricto colegio para señoritas de clase media alta, la siniestra presencia de una torre macabra donde tuvo lugar un trágico suceso, y todo ello aderezado bajo el candor de la juventud de las protagonistas, en una cinta fortalecida por un convincente guión, de la inventiva del propio Taboada, quien alcanzaría el grado de especialista en el género de horror con sabor gótico en “El libro de piedra” (1968), haciendo uso de un recurso muy eficaz, inexplorado en nuestro cine nacional hasta ese momento: la sugestión fantasmal provocada por el espíritu de un niño, y nuevamente la aparición del elemento de la hechicería, como un factor de innegables atributos que enriquecen la cinta.

Con “Veneno para las hadas” (1984), una historia de brujas engarzada en un manejo del tiempo de matices preciosistas, Taboada consiguió la consagración como realizador. El portentoso director Juan López Moctezuma, lograría un efecto sin precedentes con la cinta “La mansión de la locura” (1973), basada en un texto de Edgar Allan Poe. Montada en exuberantes escenarios que permiten contemplar la influencia pánica de Jodorowsky, la obra de López Moctezuma es una venerada pieza fílmica que brilla por su densidad psicodélica, aumentando aún más su valía con el correr de los años.

Del mismo López Moctezuma es “Alucarda” (1978), referente del horror gótico, y poseedora de una riqueza visual  que arranca la respiración, la obra es un intenso viaje a través de la posesión demoniaca, el exorcismo, la profanación, una parada obligada al celuloide que roza sin concesiones las fronteras de lo ritual. Catorce años después de “Alucarda”, y en medio de una afanosa necesidad de buen cine, hizo su aparición “Cronos” (1993), del aclamado director Guillermo del Toro, marcando un antes y después en la cada vez más escasa manufactura de un cine de horror de calidad, alejado de las baratijas visuales que pretenden imitar a las películas de asesinos seriales, sierras eléctricas o sobresaltos más que anunciados; “Cronos” reaviva el interés por el vampirismo, este último alejado ya de la demonización acrecentada por el lugar común, las capas negras o el hipnotismo que convirtieron al género, en un andar precipitado a través  del humor involuntario, y la abulia anticipada.

Luego de la cinta del jalisciense, mas allá de algunos esfuerzos para nada memorables que implican la manía por los remakes y el copismo de una muy baja calidad, la creación de un cine de horror digno en México, ha quedado en el olvido mientras tanto, vale la pena destapar imaginariamente los ataúdes que yacen en alguna gruta perdida, o acudir al funeral de la antigua comarca donde las plañideras evocan los novenarios para evitar que el cuerpo de los fallecidos se transforme en insepulto, mientras el reloj a las doce marca la hora de los aquelarres, aquella donde los señores de la noche ratifican su poder, el magisterio de lo que mora después de la muerte en el reino de lo infrahumano; a través del cine mexicano de horror.

♠Paréntesis

 

 

 

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