Piel y lentejuelas: Cuando Marilyn cantó para JFK

Imagen tomada de la página: La Vanguardia

Aldo Fulcanelli

 

Han pasado más de cincuenta años de aquella memorable jornada, en que la actriz Marilyn Monroe cantó el célebre “Happy Birthday, Mr. President”, para conmemorar el cumpleaños número 45 del entonces presidente John Fitzgerald Kennedy. Desde entonces a la fecha, una andanada de rumores o corrillos que entrelazan el ámbito de la política con el espectáculo, han venido a enriquecer el de por sí ya vasto anecdotario de la rutilante fauna hollywoodense, al respecto de tan emblemático momento grabado para la posteridad; en los anales de la memoria visual del mundo.

La relación entre el poder y la farándula no fue ni será un tema casual, sino más bien una aproximación tan fascinante como peligrosa entre dos mundos que lejos de repelerse, se vinculan a partir de rituales, unos de carácter más o menos público, otros tantos abiertamente inconfesables, donde conviven el chantaje, los estupefacientes y el sexo; todo ello asimilado al interior de un muy exótico coctel digno del mejor thriller policiaco.

La presencia de la “rubia debilidad” del celuloide en la celebración, ataviada en un vestido con incrustaciones de lentejuelas, extraordinariamente ceñido al cuerpo haciendo una clara alusión a la desnudez, derrumbo (literalmente) al Madison Square Garden aquel 19 de mayo de 1962, cuando las voces masculinas de los miles de asistentes corearon piropos a la par de chiflidos de innegable connotación erótica, mientras la orquesta en vivo, se preparaba para acompañar un más que ensayado numero con Marilyn cantando el “feliz cumpleaños” en una versión muy suya, plena en jadeos o alusiones a una exuberante sensualidad, incontenible al interior de aquel palpitante vestido diseñado por el modista Jean Louis, el cual se adhirió como un guante a la fisonomía de la actriz que luego de ser presentada por el cuñado del presidente, el actor británico Peter Lawford, quedo a expensas de un casi depredador publico inmediatamente después de quitarse el abrigo, el postre que antecedió al postre, un monumental pastel al que solo le falto retener en su interior a la sensual figura de la “rubia voluptuosa” para sellar un espectáculo que detrás de los betunes de sabor pletórico, la champaña y los juegos de artificio, ocultaba en realidad los retorcidos escondrijos del poder aderezados por el agridulce sabor a infidelidad, delación, debilidad, un esplendoroso sabor a muerte, tragedia y decadencia más que próximas.

 

Segundos antes de que Marilyn cantara, Lawford, el también integrante del Rat Pack, la célebre pandilla de artistas y bon vivants comandados por el cantante Frank Sinatra, famosos por sus desenfrenadas francachelas al interior de Las Vegas, invitó a micrófono abierto al presidente Kennedy a “deleitarse con Marilyn Monroe”, en un imperdible tono sarcástico que desató los rumores de la insoslayable prensa de espectáculos estadounidense, pero el poder presidencial ameritaba esos excesos, tampoco fue casual que Lawford, un actor más famoso ya por sus vínculos familiares con la familia Kennedy que por su trabajo en el cine, fuera el presentador de Marilyn en aquella excitante jornada donde entregó a la actriz literalmente “en charola de plata” al mandatario de la nación más poderosa, para el contento del pertinaz e implacable engranaje de la opinión pública, que convierte al rumor en un chisme con sabor a delicatesen.

El tiempo o el deseo humano por desentrañar cualquier secreto, llevaron a descubrir los nexos de  Lawford, Sinatra y los demás integrantes del Rat Pack con “el bajo mundo”, un mundo en proscripción integrado por consumidores de estupefacientes, espías o vendedores de información que convirtieron la cercanía con el poder en un caro privilegio, el don de los cortesanos que hacen las veces de arlequines o dealers de una clase política en imparable precipicio hacia la decadencia.

Aquel nostálgico espectáculo del 19 de mayo del 62, llevo a Kennedy a aparecer en el Madison flanqueado por docenas de fotógrafos, del brazo de la matriarca Rose Kennedy, apreciando la manera desafiante en que aquel “ángel rubio” del cine le daba un tiro en la sien a la moral pública, cantando en un tono más que picante para el primer mandatario, quien celebro el evento con un discurso que paso de la fugaz complicidad a matizar los resquicios de la incomodidad puritana, blandiendo como espadachín la tonalidad políticamente correcta.

Todo fue risas, murmullos gráciles, también bombones, confeti, fotos para el recuerdo junto al moño de los señoriales fracs, pero tras bambalinas la fiesta tras la fiesta, los fármacos atravesando las sendas inyecciones no letales, si estimulantes para continuar una larga francachela que sello el pacto entre el poder, el espectáculo, la mafia, Marilyn Monroe como la nueva mata hari, la mata hari real que no vive del espionaje, pero sí de la mayor debilidad que es su cuerpo, una mata hari menos glamorosa que la Garbo pero igual de letal en sus encantos; una sacerdotisa ejerciendo el erotismo a la mitad de un oráculo donde la divinidad es sustituida por las agujas, las sabanas de seda, los abrigos perniciosos, ahí donde el glamur nuevamente, es una herida que languidece solo en apariencia, bajo el aroma de los caros perfumes.

 

Unidos y distantes aparecen Marilyn Monroe y JFK, como dos hologramas a quienes el destino reunió sin juntarlos plenamente, apenas unas miradas que ocultan en público la complicidad de una pasión más que conocida, que tuviera a las sabanas cual mudas testigos, pero también a los informes que a la distancia, dan cuenta de los amoríos de JFK con la actriz a la que el cuerpo e innegable encanto personal que gravitara entre la vulnerabilidad y el poderoso sex appeal, llevaron a convertirse en la mensajero favorita de Sinatra y el capo de la mafia Sam Giancana, también conocedora por trágica unción, de los oscuros secretos de la familia Kennedy, secretos que probablemente la llevaron a la tumba aquel fatídico 5 de agosto de 1962; a escasos meses del célebre “Happy Birthday”.

Pero en el Madison Square todo es celebración, en el centro del escenario aparece la rubia dorada, la princesita de un pastel que emerge grácilmente, mientras retiemblan los tambores de la orquesta, también se ha de cimbrar la tierra de una América muy próxima a la vejación en sus valores de libertad y tolerancia, mas antes que ese ocurra, Marilyn ha de cantar el “Happy Birthday Mr. President”, que todavía resuena en los oídos como una canción de cuna arrebatada por la pérdida de la inocencia, dos seres incapaces de ceder ante sus propias debilidades, uno frente al otro, próximos, distantes.

La princesa Marilyn llega al escenario dando pequeños pasitos, será el almuerzo de una cruel fauna integrada por infieles corrompidos, que se estremecen con tan solo mirar el atuendo provocativo de la rubia mas rubia que el rubio mismo, un rubio teñido, forzado como el rol que la naturaleza le fue asignando a aquella corista eterna que anunciaba (sin saberlo) su propia muerte, tras el bombo o el platillo de la orquesta en vivo. De frente JFK, el rey de un muy frágil Camelot desmoronándose ante la acción de las intrigas palaciegas, la traición, las adicciones, el encanto de la seducción o lo grotesco que tiene el ejercicio del poder. Dos “rara avis”, el rey torcido, lacónico, enfermo, levantado acaso por las infaltables inyecciones estimulantes.

La Acid Queen, inocente al fondo de la piel translucida que deja ver las venas púrpura de su alma torturada, los dos sonriendo en una noche macabra entre las lentejuelas que laceran la piel, mostrando el dolor que no se puede llorar en el reino cruel de las apariencias, un castillo de naipes que se desmorona entre los flashes, los brindis, las maquiavélicas sonrisas de los magnates, los diamantes que sin importar su valor descienden entre las atarjeas de Beverly Hills, ahí entre los miasmas o los sueños de grandeza.

 

A más de cincuenta años, recordamos un acontecimiento de innegable relevancia no solamente por lo que representó ante las miradas de miles de personas que se dieron cita en la celebración, sino también por su lectura o relectura a partir de los años que tornan al hecho histórico en un acertijo de infinitas connotaciones simbólicas. La divinidad sustituida por el fetiche, la exaltación totémica, casi fálica del poder que todo lo corroe al ritmo de una inconsecuente marea que desploma a las cosas desde sus cimientos.

Dos seres que rebasaron toda línea rompiendo paradigmas, dos seres eliminados por sus respectivos star system, uno al servicio del poder, otro de la fábrica de sueños que a la par de idilios vende tragedia, dos al servicio de sí mismos, de sus propias imágenes que se desploman a partir de los espejos que retornan la figura envuelta en llamas de corrupción, soledad y muerte, dos enfermizos animales cohabitando, robándose respiración el uno al otro entre el aroma de la piel exhausta de la noche. A 55 años de aquella nostálgica fiesta, desde un infierno sin Orfeo, ni música, ni perdón, ni olvido, continúan palpitando los aplausos desde los escaparates que el tiempo ha convertido en mausoleos, como figuras de un macabro museo de cera, Marilyn y JFK, repiten cuadro a cuadro sus propias muertes; dos inmolaciones que el tiempo transformó en leyenda.

 

♠Paréntesis

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