Una literatura del desconcierto

Javier Aparicio Maydeu

 

El Nobel distingue este año a un autor que es escritor de literatura entendida a la vieja usanza, de textos para ser leídos, con miles de lectores, traducido hasta la saciedad y respetado en la sociedad literaria, enemigo de tendencias y contrario a consignas y excipientes, capaz de darle a sus editores lo que quiere que sus lectores lean y no lo que le dicen que sus lectores quieren leer. Y, en efecto, no es que Kazuo Ishiguro no siga las tendencias, ocurre que las sigue a destiempo, las elige cuando no están vigentes y las restituye. Seguramente porque no le interesan como moda, sino como técnica.

No gusta de fórmulas mágicas, ni le apetece clonarse a sí mismo, prefiere el riesgo del desconcierto, de la sorpresa de lo inesperado, y tampoco se siente a gusto anotando en su agenda con antelación la fecha de su nuevo libro, elige entregarlo cuando le viene en gana, arrogándose con todas las de la ley la potestad de publicar cuando tiene algo que contar. Cada novela suya constituye la consagración de un género narrativo distinto, a la vez que es el resultado de un minucioso trabajo de creación que disfruta del virtuosismo técnico: léase narrador no fiable, parodia, hibridismo o maravillosa heterogeneidad en el estilo.

En Un artista del mundo flotante (1986) ejerce de cronista social de la posguerra mundial en su devastada ciudad natal, Nagasaki. Triunfó con Los restos del día (1989), cuando la Generación Granta de sus colegas McEwan, Amis o Barnes triunfaba también, pero él lo logró haciendo trampas con las cartas de la baraja de la convención, y escribió una novela victoriana del siglo XX explicada desde dentro, con sorpresa final, nutritivos aditamentos y un mayordomo, en la pantalla Anthony Hopkins, que no es precisamente el asesino, sino el detective. Jugar con la tradición y ganar de calle. Cuando fuimos huérfanos (2000) es un ejercicio de falsa novela negra, y de nuevo se asoma al texto un detective, aquí un tal Banks que en vez de emular a Sherlock Holmes parece imitar a Indiana Jones perdido en un laberinto kafkiano de mafias chinas, tráfico de opio y el fascismo ascendiendo como las burbujas del champán en un burdel de Shanghái.

En la narrativa de Ishiguro, las apariencias engañan, apenas sí interesa la trama y lo único que en realidad importa es la construcción de la genuina identidad del protagonista a través de su proceso mental, descrito con precisión jamesiana y capaz de vertebrar la novela. Ejercicios de estilo elevados a la enésima potencia narrativa.

En Nunca me abandones (2005) el detective es el lector, obligado a desentrañar un misterio sutil pero primordial que afecta a la raza humana y convierte la novela en un relato de ciencia-ficción en el que conviven Blade Runner, aquel mundo tan feliz de Huxley, El show de Truman y la biotecnología. A Ishiguro le interesan las convenciones, pero para poder romperlas o reconvertirlas las rejuvenece con frecuencia y en ocasiones aumenta también las prestaciones. Su literatura gira en torno a la orfandad, la identidad y el menoscabo del narrador, paradójicamente debilitado por su propia narración. También al sentimiento del transterrado y de la necesidad de la memoria redentora, como sucede en Pálida luz en las colinas (1982), su opera prima, a caballo entre su adopción británica y su origen japonés. El gigante enterrado (2015), la última novela salida de su laboratorio de géneros, no sabemos si es un revival o un vintage de la narrativa del ciclo artúrico, pero es un extremo, flemático pero exitoso experimento de novela histórica en la Inglaterra medieval. Caballeros obsoletos y ogros agresivos.

Todas sus novelas parecen querer aventurarse en un terreno nuevo, en ocasiones onírico y en otras naturalista. Y el enigma rondando incansable entre sus páginas, como la elipsis y la primera persona, que abandona en su última obra. Gustará más o menos, pero nunca nada es torpe en Ishiguro, ni precipitado, ni acomodaticio, ni connivente con lo comercial. El extraño talante de sus narradores, la evidencia de que sus acciones y el modo en que nos las cuenta no se acomodan a lo que está sucediendo, es marca de la casa. A Ishiguro le encanta dar gato por liebre y jugar a la subversión de los modelos narrativos, a la transcodificación, así que no es de extrañar que sus fascinantes pero tramposos castillos de naipes por momentos susciten en el lector la sensación de que las cosas no encajan, de estar siendo engañados por un narrador consciente de sí mismo, al estilo de Nabokov.

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