Las dos Fridas

Ilustración Hego Cooper Sep

Por Gabriel Santander

Pocos pueden afirmar que el lugar donde nacieron y crecieron haya sido objeto de un libro de arte. Es mi caso con el libro Carlos Mérida, su obra en el Multifamiliar Juárez. Ahí viví hasta el fatídico 19 de septiembre de 1985. Justamente 32 años y seis horas después el corazón de México y en especial el de la capital del País volvió a cuartearse. Un instante antes del terremoto vivíamos embriagados por el coctel de sangre y corrupción en que se había convertido nuestra realidad nacional pero luego, después de sacudirnos las partículas y de ver inmolados los castillos y las vigas, de inmediato, como lo reclama una trágica emergencia, vimos que la creatura que había nacido en 1985, seguía viva y reclamaba volver a abrir los brazos.

Podrá haber muchas definiciones y mucha sociología detrás del término sociedad civil, pero al menos los chilangos, los habitantes y los nacidos en el Distrito Federal, sabemos lo que esto significa: las cadenas humanas, los albergues, la ayuda incondicional, la voluntad de los jóvenes, la gente dirigiendo el tránsito, y la utilización de las redes sociales no sólo como una herramienta de ayuda e información sino como una postura política que exige de manera unánime responsables y reclama al gobierno no ayuda sino la evidencia y la exigencia de que se abran canales de financiamiento, que están ahí y no podrán obviarlos. Ante la catástrofe en México construimos nuestro Facebook: dimos la cara para crear un muro donde no pasarán ni la impunidad ni el histórico y sempiterno “me hago medio pendejo mientras pasa el desmadre.”

Una de las formas más efectivas de distraer a los mexicanos es la otra tragedia: el bombardeo mediático. Televisa, que es la mayor empresa de medios electrónicos en América Latina, con 62 años de antigüedad y cuya presidencia de noticiarios informativos abarca no sólo cientos de miles de horas de transmisión sino viejas y renovadas alianzas con el poder y el gobierno, hizo lo suyo en esta segunda tragedia en la ciudad de México. Inventaron el rescate de un fantasma. Cobijados por la irresponsabilidad y confusión de las autoridades, Televisa se plantó afuera de la escuela Enrique Rébsamen y armó un reality show en busca de la niña Frida, no, mejor, inventó un nombre que venía del mundo del espectáculo y bautizó a Frida Sofía como el epicentro de la tragedia. Transcurrieron horas y horas enfocados en este falso rescate; viendo esto uno pensaría que no había más muertos y atrapados, que las otras zonas de la ciudad de México, así como los estados de Puebla, Oaxaca, Guerrero, Estado de México y sobre todo, Morelos estaban a salvo. Cuando la verdad era que la ciudad y parte del País, reclamaban la atención de los demás. Así fue como la sociedad engañada y mal informada desperdició parte de su energía y tiempo, secuestrados por un consorcio televisivo cuyo interés primordial es elevar su deprimido rating y recuperar a punta de calamidades y mentiras sus anunciantes perdidos.
Esa fue la fugaz historia de la Frida inexistente. Pero los mexicanos prefirieron salir a la calle que ver televisión. Y como un milagro de la realidad apareció la otra Frida, la verdadera, la perra labrador que ayudó a rescatar decenas de vidas. Porque la otra Frida nunca existió y se convirtió en un símbolo del ardid, ésta en cambio se volvió de inmediato en un símbolo de la fuerza, la unión y la generosidad. Los mexicanos y diré en especial los chilangos querían ayudar no salir en la foto, para eso estuvo Frida, para darnos la poderosísima imagen de lo incorruptible. Y estaremos de acuerdo que si Frida se volvió mediática no fue por su gusto. Frida no fue la única, junto a ella estaban Titán, Kublay, Nala y otros, algunos parte del equipo de rescate de la Secretaría de Marina Armada de México y otros inclusive rescatados de la calle, en fin, todos por igual ya forman parte de la nobleza de este País.

El famoso cuadro Las dos Fridas (1939) de nuestra máxima embajadora cultural es entre muchas cosas, una simbiosis. Frida Kahlo en la imagen sufre una diálisis del espíritu. También México, y en esta catástrofe, en especial, la ciudad de México. Después de tantos años de apatía, corrupta complicidad y desgano comenzó a circular sangre pura en ese otro lado de México. Y fueron los jóvenes los que cerraron el puño para esta noble e inédita transfusión. Ese pulso que venía acompañado de adrenalina y terror pronto se convirtió en un esfuerzo que dejó con la boca abierta a medio mundo, comenzando por nosotros mismos. Los jóvenes y los muy jóvenes, hay que decirlo, iban a ayudar pero también a convivir. Y eso no tiene nada de malo, al contrario, por unos días socializaron fuera de las redes, de frente a su prójimo y por un accidente fueron, por vez primera, no por los protocolos nacionales sino gracias al furor de esta tierra roja, mexicanos.
Pero en este magno rescate urbano hubo todo tipo de gente y aunque sea impopular decirlo, también algunos miembros del ejército y la marina sacaron lo mejor de sí. Pero sobre todo los jóvenes, porque los rucos ayudamos más repartiendo abrazos y café.
Decía Borges que al destino le gustan las simetrías. Esta fecha nunca volverá a su inocencia. El terremoto de 1985 es la madre de todas las catástrofes, sin embargo con un solo muerto el mundo se despelleja, con una sola víctima el ciclo de la vida se corrompe. No fueron pocos los de 2017. Zangoloteados, pasmados, gritando, vimos a la ciudad de México de nuevo de rodillas, y encontramos los chilangos, entre los escombros y las grietas, una identidad. Porque eso de ser chilango siempre fue más un apodo que un gentilicio y hoy, cuando el polvo se disperse, sabremos que de una ciudad con millones de habitantes rescatamos nuestra identidad la cual tiene un nombre y se llama, 19 de septiembre.

 

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