El colapso humano

 

 

Aldo Fulcanelli

 

La reciente sucesión de catástrofes naturales, llámese huracanes, tormentas y sismos, aunado a los incesantes atentados terroristas perpetrados en diferentes capitales del mundo, así como el fortalecimiento de la retórica belicista desde la sede de los poderes imperiales, ha sumergido a la opinión pública en un impasse de poderosos ingredientes histéricos; casi todo mundo habla del apocalipsis o el Armagedón, hablar del fin del mundo desde la desinformación, se ha vuelto uno de los tópicos favoritos de la comunidad en las redes sociales.

Quienes alientan dichas opiniones comparten cadenas con mensajes amenazantes, supuestas citas bíblicas, aparentes mensajes cifrados, y un interminable bombardeo de teorías conspiratorias mientras que por otro lado, la violencia sistémica de nuestro país enaltecida como un trofeo en videos donde se comparten linchamientos públicos, decapitaciones por parte de grupos del narco, ataques racistas, o accidentes automovilísticos en vivo con saldos fatales, contribuyen a engrosar aún más el colapso de una sociedad, que ha sucumbido ante al caos informativo.

Esa misma sobreexposición de la violencia sin una causa justificada, como no sea contribuir a polarizar aún más los ánimos, parece detonar nuestro linaje primario negado una y mil veces desde la egocéntrica narrativa del antropocentrismo; pero la realidad imperante no miente, la brutalidad amparada en el fundamentalismo conquista cada vez más adeptos, se trata pues de un fanatismo agresor, adaptado a las condiciones atávicas e idiosincráticas de nuestro país, un nuevo lenguaje de violencia fortalecido por una realidad que no podría negarse, pero también sobreexplotado por los grandes consorcios televisivos a través de aberrantes series donde se enaltece la cultura del narco, mostrando a sus protagonistas  a la manera de varones imponentes, y e incluso a veces hasta “como víctimas de la circunstancias, que ante la acción de un destino infausto, no tuvieron más remedio que defender los suyo con las armas”.

La cultura de la violencia “región México”, estaría potenciada por la intolerancia y la desinformación, también la ignorancia, pero no la ignorancia de no saber, sino aquella que es peor: la de negarse a aprender, la ignorancia que prescinde del conocimiento de sí mismo, como eje esencial de la vida en sociedad.

No está de más argumentar que las catástrofes naturales siempre han existido al igual que los conflictos bélicos. Desde la Grecia Imperial hasta la Europa en la Edad Media, la conquista de América con la adherente evangelización, la Segunda Guerra Mundial con el apuntalamiento del entonces emergente Complejo Militar Industrial, así como la fundación de las organizaciones financieras que posteriormente respaldaron a las dictaduras en América Latina, siempre ha habido guerras, ya sea por motivos religiosos, territoriales o geopolíticos.

El recrudecimiento de fenómenos naturales de fortaleza en apariencia inusitada, que cargan implacables contra edificios y comunidades, son la respuesta de la poderosa naturaleza ante la civilización humana que concibe el desarrollo como una continua agresión contra el medio ambiente, la deforestación de los bosques o santuarios naturales protegidos por los pueblos originarios, la cacería indiscriminada de especies protegidas, la contaminación de los mares con aceites y basura, las pruebas nucleares, los estertores de las industrias que agreden el aire con sus potentes chimeneas tóxicas, la contaminación visual, la sensorial fundamentada en la cultura de un consumismo beligerante; en las grandes urbes no existe ya lugar para la paz o el contento espiritual, y la respuesta de nuestro medio ambiente resulta esclarecedora ante el desafiante lenguaje del desarrollo inconsecuente, la reprimenda de la naturaleza nada tiene pues de sobrenatural.

Mientras la histeria florece en las redes sociales, son muy pocos quienes se atreven a mirar a la real catástrofe, no la que provocan los tsunamis o maremotos, tampoco la imagen (absurda) de los “Jinetes de apocalipsis” descendiendo entre nubarrones teñidos de sangre como consecuencia de la “ira de Dios”, me refiero a la tragedia humana; la ausencia de entendimiento, la crueldad y la barbarie que se originan ante la falta de compasión entre las personas.

La victoria de la modernidad o el desarrollo sin límites, es como aquella imagen de un rey codicioso construyendo una Babel que se alza sobre mares de sangre, degradación y esclavitud. Rascacielos que desafían al aire, y cuya raíz es la opresión del hombre por el hombre, armas nucleares capaces de sembrar la desolación a su paso, también la competitividad enfermiza que convierte al ser humano en una entidad incapaz de doblegarse ante el dolor ajeno o el propio, seres avergonzados de asumir el dolor natural de existir en procesos como el alumbramiento, la muerte, o el envejecimiento, una sociedad incapaz de pronunciar la frase: “hoy no me siento bien”, sin dejar de ser el blanco del consumismo devorador que transforma la ausencia de afectividad, en satisfactores materiales de un poder efímero.

De igual manera la sustitución de la invaluable comunicación humana por la virtual, familias enteras charlando frente a frente a través de emoticones, ya sin palabras, una desconexión sensorial activa que tiene como resultado la generación de familias “hibridas”, compuestas por entes a los que no les es dado abrazarse, palparse con las palabras, mirarse con los ojos del afecto en la interdependencia, familias que se rechazan “per se”, integradas por sabihondos que han abortado la capacidad de aprender a través de la experiencia, la prueba o el error, y cuya máximo logro es balbucear con soberbia “lo que otros les dijeron”, lo que han dado como hecho cierto anticipadamente; sin comprobarlo.

El paso de la selección natural a la voluntaria, con la premisa de que “nosotros lo podemos todo”, esto último, bajo el amparo de sendos discursos que se alimentan de un peligroso relativismo ideológico que no suele voltear hacia el discernimiento, tampoco hacia el dialogo de opositores, la amenazante retorica del poder del más fuerte que irrumpe para despojar (por ejemplo),  a los pueblos originarios de sus centros ceremoniales, asentamientos ancestrales que están ahí mucho antes del boom de la realidad virtual, o las tecnologías inteligentes “de tercera generación”.

Otra vez, dicho relativismo fomentado desde la sede de los poderes financieros y políticos del orbe, a través de la promoción de iniciativas de ley ante los parlamentos del mundo que buscan separar aun más a las sociedades a través de la destrucción de su diversidad biológica, añadiendo por ejemplo, que las diferencias de género “solo están en la cabeza de quienes las piensan”, “que son falacias o entidades culturales erráticas”, todo ello con un sustento ideológico que parece fortalecerse en los “jugos gástricos” de quienes sobrevivieron al fallido feminismo de los años 70’s, y que hoy esconden su rencor basados en leyes novedosas, que en realidad esconden el odio personalísimo de quienes han sido incapaces de adaptarse a la sociedad, o respetar la decisión de otros.  

Pensamientos que más bien parecen ocurrencias totalitarias y que lamentablemente, han contado con el aval de muchos gobiernos del mundo, y lo anterior es en clara referencia a la llamada “ideología de género”, cuyo propósito (supuestamente) es reivindicar los derechos de la mujer, asumida como un ser supeditado a la voluntad del hombre que durante siglos ha buscado la emancipación, es decir, el que se reconozcan sus derechos, se aperturen espacios laborales y políticos, y más allá incluso que se prohíban (por ley,) algunas expresiones propias de nuestra lengua, que ante los ojos de dichas legislaciones amorfas podrían ser agresivas.

La “Ideología de género” fue mas allá de los derechos de las mujeres, para insertarse en los derechos de homosexuales, bisexuales y transgénero, bajo la premisa (sin el aval de un método científico) de que “cada quien, pertenece al género que determine, o se le ocurra por elección”, es decir que si en este momento yo me presento públicamente, comentando a mis parientes o amigos cercanos que desde ahora soy mujer, así tendría que ser tomado por otros, que además tendrían prohibido interpelar esa decisión o siquiera intentar un debate sobre el tema con mi persona, so pena de que yo les acuse de improperios, y lo peor de todo, que haya un grupo de políticos, jueces y activistas, que aprueben leyes para elevar esa ocurrencia al grado de infalibilidad, un esperpento ideológico, una ocurrencia que exhibe el desprecio de esos grupos intolerantes a la ciencia, y al diálogo desde las regiones “ya casi deshabitadas” del pensamiento humano. No está de más comentar, que igualdad y equidad no son lo mismo, aun cuando ambos conceptos suelen confundirse, he ahí lo peligroso de la interpretación.

La igualdad se refiere sobre todo al aspecto proporcional, de dar a cada cual lo mismo, independientemente de su origen o diversidad. La equidad por su parte, obedece más que nada al tema de la justicia, la de dar a cada quien lo que le corresponde, y  no lo que exige, desde lo alto de cualquier púlpito donde se escupen improperios a quien no esté de acuerdo con esa idea. Huelga decir que en la naturaleza ninguno somos iguales, todos tenemos diferencias biológicas que nos convierten en seres únicos, son precisamente esas diferencias las que convierten en un crisol la vida en sociedad.

La convivencia de los diferentes, ha enriquecido el arte y la cultura durante siglos aún desde su aspecto interracial, por ejemplo la negritud a la música, los sincretismos en las religiones, las tradiciones en la gastronomía, los bailes y las herencias ancestrales de otros pueblos del orbe que han sido asimiladas en su proporción con el mestizaje, y nos llegan a manos llenas para mostrar en pleno siglo XXI nuestros orígenes tan ciertos, como la realidad que percibimos a través de los sentidos. Tampoco la naturaleza hace excepciones, sus leyes suelen ser invariables, no construye la natura leyes para cada tipo de personas por ejemplo, son las personas las que se adaptan a la naturaleza y no viceversa, así ha sido desde el principio de los tiempos.

Todo nuestro abrevadero de costumbres y tradiciones hasta tocar la filosofía del derecho provienen de la observación de siglos por parte de nuestros ancestros, son códigos preciosos cuyo origen son los pueblos originarios, aquellos que se mantenían en consonancia con los procesos naturales, amaban y respetaban el medio ambiente, no se trata de ocurrencias.  Resulta más que obvio pensar, que muchas costumbres degeneraron hasta tornarse bárbaras e inconsecuentes, como el uso de apretados corsés durante la época victoriana, el cuidado excesivo del lenguaje para evitar la inmoralidad, el sometimiento de la mujer como un objeto sexual, el abuso constante hasta alcanzar el machismo que hoy conocemos, también la idea (inaceptable) de que la homosexualidad es “un castigo de Dios”, o una enfermedad mental, hecho que los propios estudiosos en la materia desecharon a partir de 1973. Pero la homosexualidad siempre ha existido, de igual manera el lesbianismo, hemos tenido como ejemplo el caso de personajes ilustres que cambiaron el curso de la historia por sus aportaciones, y no por la sola exhibición de sus tendencias sexuales que son intrascendentes, si las comparamos con su legado artístico, científico o humanitario.

Los homosexuales y lesbianas, incluso los bisexuales han aprendido a avenirse en sociedad con las dificultades que cada comunidad les ha sembrado ciertamente debido a los prejuicios, sin embargo, esto mismo es parte del comportamiento humano que es perfectible, en la naturaleza todo es una contienda por el territorio, por el alimento, incluso la reproducción incluye la celebración de cortejos rituales, nada es gratis, pero esto último también es parte de la diversidad que es amenazada abiertamente por las nuevas concepciones de la igualdad.

La vida es el resultado de vinculación entre el caos y el equilibrio, es el origen pues de la diversidad, ni orden ni caos absoluto, sino la convivencia entre uno y otro es lo que genera la vida, lo dice la ciencia y no el que escribe el presente texto. La ciencia (nuevamente) afirma que cuando un cuerpo entra a una saturación del desorden (entropía), se aproxima a su colapso, o a la muerte, nuevamente queda claro que nuestra naturaleza es la diversidad, orden y caos, pretender que todos los seres son iguales, sin interpretar las diferencias biológicas entre géneros que resultan más que evidentes desde cualquier análisis, menos el de las afirmaciones sin sentido, es una afrenta no solamente contra la ciencia, sino además contra el mismo pensamiento humano que se alimenta de preguntas, dudas, respuestas e interminables estudios que no se pueden soslayar. Equidad es el concepto adecuado que debiera regir en una sociedad en equilibrio, igualdad no existe en la naturaleza, es una falacia fortalecida desde el lenguaje de la ignorancia.

El que la gente llegue a pensar que por gozar de la protección de una ley, eso los vuelve diferentes, es otro de los engaños construidos por los poderes facticos, disfrazados de asociaciones benéficas o filantrópicas, las cuales misteriosamente, donan gran parte de sus recursos a buscar el cambio de leyes, la “gobernanza”, entre otros conceptos rimbombantes que nadie entiende, y que hoy se imponen en nuestras instituciones por la vía coercitiva, sin que la situación de nuestro país haya mejorado (por ejemplo), con la aprobación de esas leyes de supuesta “tercera generación”, cuando vemos que a pesar de la “Ideología de género”, las respectivas cuotas políticas, la introducción de términos novedosos en los libros de texto que enaltecen esa pretendida igualdad, los “feminicidios” se han disparado, de igual manera no se aprecia en la televisión o los medios, ni siquiera una aproximación por respetar a la mujer, dejar de utilizar su imagen como un vil objeto sexual en pleno horario familiar, ante la vista de todos. Debe educarse a los niños y jóvenes en la cultura de paz, en la tolerancia de las diferencias que hacen posible la vida, para evitar que se conviertan en engendros programados para el consumismo, el terrorismo doméstico, y todos aquellos peligros que desde la promoción del caos, nos amenazan con la extinción.

Verne, H.G. Wells,  Asimov, Huxley, Orwell, Brunner, entre muchos autores, hablaron del poderío de la inteligencia artificial en el futuro próximo, las asombrosas naves espaciales surcando los aires de la modernidad, también la alienación mental, o la propagación del odio a través de los grupos supremacistas que amenazan hoy la sana convivencia en sociedad. Hoy todo el futuro que estos genios imaginaron se aproxima a nuestra realidad, otro tanto ya lo es, sin que muchos lo hayan advertido todavía.

No es raro que algunos pensadores asuman a la humanidad como una enorme granja, saturada de virus modificados en laboratorios, interminables pandemias, terrorismo y guerras alentadas por los grandes consorcios armamentistas, la barbarie por doquier en los mensajes violentos que lamentablemente, ya han sido asimilados por una sociedad, la nuestra, que ha preferido ejercer sus derechos en las redes sociales, sociedad virtual que ha sido desconectada de su realidad por quienes controlan los hilos del poder real, no el evidente, y que sobrevive apenas, en esos mismos ghettos virtuales donde llega a pensar, ilusamente, que su opinión tiene alguna trascendencia desde esas mismas regiones de lo inverosímil, en la construcción de mitos geniales.

Cuando hablo del fin de lo humano, no me refiero propiamente a la extinción de la humanidad, sino la desconexión de nuestra especie de sus bases afectivas y del pensamiento. Ciudadanos levantando la mano para ser modificados o de plano desconectados de esa misma humanidad, entendiendo esta última, como la capacidad de sentir (todavía) compasión, de ser solidarios, pero no únicamente en las tragedias, buscar derrumbar de a poco los muros culturales e invisibles que el sistema totalitario que nos gobierna ha construido frente a nosotros; los grandes prejuicios, las sociedades igualitarias dispuestas en las calles a la manera de autómatas que no disciernen, ni viven realmente su diversidad desde el respeto, o el desarrollo humano, los blancos con los blancos, los rojos con los rojos, y ¿adónde se ha ido entonces el dialogo entre diferentes para fortalecer nuestros criterios? Ante las graves agresiones al pensamiento humano, esa maravilloso regalo que nos permite viajar en la imaginación, imaginar desde las regiones recónditas del sueño, enamorarnos de una personalidad aun sin conocerla, no pasará mucho tiempo (como de hecho ya lo estamos viendo) para que la ola de suicidios juveniles cobre aun más fuerza, a la par de la brutalidad, la guerra y el pensamiento supremacista.

Para muchos será más fácil la desconexión que implica la muerte, que hacerse responsable de ser humano; esto es respetar el medio ambiente, los animales, respetar a las personas con sus diferencias, alentar el diálogo o los acuerdos, todo ello cuando tenemos un sistema político, coordinado por un grupo de neandertales incapaces de recapitular. El fin de lo humano, la desconexión afectiva, sensorial que nos vuelve únicos parece acelerarse, esta es la gran tragedia, la tremenda hecatombe, aquella que pondrá en duda nuestra supervivencia frente al cambio climático, o los fenómenos naturales que increpan nuestra felicidad solventada en el ocio.

También nuestra lamentable metamorfosis de humanos a engendros programados para saciarnos de todo compulsivamente, hasta la autoinmolación. El relativismo ideológico, es una de las muestras más elaboradas de la descomposición moral del ser humano. Y no me refiero a la «moral pública», tampoco al fruto que da moras al que se refieren los eméritos de la corrupción, sino a la moral que parte de valores inalterables como la dignidad y la justicia, que por otro lado, tampoco son valores socorridos por las campañas mediáticas que mucho tienen de perversas. El relativismo ideológico de pensar, por ejemplo, que una traición o un homicidio se pueden justificar, según el día, la hora, o el ángulo visual del observante.

♠Paréntesis

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